Miembros de la Séptima Estrella

jueves, 15 de marzo de 2012

[L1] Capítulo 12: Entre la vida y la muerte





Desde las ramas de un árbol, observaba el bosque con expresión seria. El ligero viento de la mañana provocaba que sus ondulados mechones pelirrojos se estrellaran contra su rostro. Sus ojos marrones-dorados estaban completamente congelados, fijos en las llamas que se alzaban hacia el cielo. La gran mayoría del bosque estaba calcinado. Cuánta masacre.
Senlya –llamó una voz masculina desde el suelo.
A la elfa no le hizo falta bajar la cabeza para saber que se trataba de Bowar. ¿Quién si no? Lentamente, se puso de pie sobre la rama en la que había estado sentada y fue descendiendo con elegancia, posando sus pies en los lugares adecuados. Cuando apenas quedaban dos metros para llegar al suelo, dio un salto y aterrizó sobre la hierba en silencio. Miró al guerrero de armadura negra. Sus penetrantes ojos verdes la observaban con cierto ápice de compasión.
El hombre alargó una mano hacia su posición. La elfa vio que en ella tenía una fruta roja y lustrosa. Sus tripas gruñeron. Aún no había desayunado. Le arrebató la fruta de un zarpazo y lo miró con frialdad.
Vayámonos ya, que el fuego avanza muy deprisa –dijo.
Y dicho esto, los dos se pusieron a caminar deprisa hacia el sur, dando pequeños mordiscos a su «desayuno».


Se sujetó con fuerza a los salientes del muro de piedra que tenía tras su espalda. Intentó no mirar al suelo, pero tampoco podía tener la vista al frente, a causa del fuego que cada vez estaba más cercano.
El calor aumentaba en el ambiente, y Melissa comenzaba a asfixiarse. El cachorro de negro pelaje asomaba la cabecita por el bolsillo de la bandolera. Lo había metido ahí dentro porque temía que en un descuido se le cayera por el precipicio. Tras ella iba una joven elfa de cabellos claros, aferrando la mano de un pequeño niño elfo con pecas y mirada inocente.
Nerviosa, Melissa echó un vistazo hacia abajo sin poder contenerse, buscando a Crad –aunque sabía que aquella era una misión difícil, dado la altura en la que se encontraba–. No encontró nada, las ramas le obstaculizaban la visión. Bufó, frustrada.
¿También se le ha quedado alguien allá abajo? –preguntó entonces la joven elfa que tenía tras ella.
Melissa la miró algo confusa. No se esperaba que empezara a hablarle.
Sí –respondió en un susurro.
Me pregunto cómo se habrá formado este fuego –siguió parloteando.
Sí –repitió Melissa. No había tiempo para hablar, maldita sea. ¿Por qué aquella elfa se empeñaba en entablar una conversación? Debían darse prisa.
Tú eres la humana esa que ha venido acompañada por Cradwerajan, ¿no? –Melissa reprimió con una inspiración profunda las ganas de preguntarle cómo podían aprenderse aquel nombre tan largo y enrevesado–. Medila o algo así...
Melissa –rectificó secamente.
Mi nombre es Loiessy.
Se hizo un incómodo silencio, durante el cual Melissa intentó meter presión al de delante. Aquello avanzaba muy lento.
Yo creo que no llegaremos a salvarnos todos –murmuró Loiessy repentinamente–. Pocos de los que se hayan quedado abajo van a poder llegar a tiempo.
¡Mentira! –gritó Melissa, alzando desmesuradamente la voz–. Si nos damos prisa llegaremos.
¿Pero es que no lo ves? La cola va muy lenta.
Melissa apretó los dientes con furia, intentando contener las ganas de atizarle una bofetada. Tanta negatividad la ponía más nerviosa de lo que estaba ya. Respiró profundamente e intentó alejar aquellos violentos pensamientos de su mente. Necesitaba concentración.
¡Eh! –gritó alguien.
La joven alzó la cabeza y se sorprendió al encontrarse con un par de elfos escalando la roca con desesperación, ignorando por completo los gritos que les lanzaban los demás para que bajaran. El temor al fuego había provocado ese alborotamiento.
Aunque Melissa caminara mirando al cielo, cerrando los ojos u evitando de cualquier forma el contacto visual con las llamas, no podía evitar sentir el calor asfixiante del ambiente. Inspiró profundamente varias veces y se armó de valor para contener la calma.
Dentro de su bandolera, el cachorro gemía de terror.


«Ya quedan pocos», pensó Crad para sí.
Con el ceño fruncido, observó cómo los últimos niños y mujeres elfos subían por la roca. Ahora les tocaba a ellos. Avanzó un paso, decidido. Pero una imagen le pasó por la mente y se quedó completamente helado en el sitio.
Elybel. No la había visto subir con los demás.
Nervioso, miró a su alrededor. Todo estaba repleto de carboncillo, y el olor a humo era insoportable, además de que este dificultaba la visión.
¡Cradwerajan! –llamó un elfo, viendo que el muchacho no reaccionaba.
¡Ahora vuelvo! –exclamó Crad corriendo hacia el centro de Falesia sin cortarse un ápice.
Varios elfos le chillaron y le obligaron verbalmente que volviera allí, que aquello que estaba haciendo era una locura y no tenía sentido alguno. Pero él los ignoró por completo. Estaba seguro que Elybel no había salido, y que seguía allí, posiblemente con los cachorros. Podría haberse quedado atrapada, y el fuego podría estarla consumiendo poco a poco. Todo era posible en medio de aquella masacre.
Se detuvo en el centro de la ciudad-refugio, viendo que las llamas le impedían ir más allá. Más allá de donde había visto a Elybel por última vez. Observó con horror cómo la cabaña donde habían dormido Melissa y él iba desapareciendo poco a poco, convirtiéndose en cenizas.
¡Elybel! –gritó a pleno pulmón, desesperado.
Nada.
¡¡Elybel!! –chilló de nuevo, esta vez más fuerte que antes.
No encontró ningún movimiento extraño, ni percibió respuesta alguna de su amiga. No sabía dónde estaba, y aquello le desconcertaba, metiéndole un temor en el cuerpo que provocaba punzadas en su corazón. ¿Dónde estaba?
¡¡¡Elybel!!!
Seguía sin obtener nada a cambio, y su desesperación estaba en los límites de la cordura. El humo que lo envolvía le comenzaba a marear y a nublar sus sentidos, y sentía que desfallecería en cualquier momento, estrellándose contra el suelo.
Y entonces ya nada podría salvarlo.
Pero él no era un cobarde. Él era valiente, y no saldría de allí sin su amiga.
La llamó varias veces más, y se atrevió a avanzar unos pasos. El sudor que le caía por la frente le nublaba aún más la visión, por lo que no cesaba de pasarse el dorso de la mano por la cara. Para colmo, la respiración se le hacía cada vez más dura.
Elybel. –Creyó que había gritado, pero las palabras apenas habían sido un susurro.
Tosió repetidas veces, sujetándose el vientre con la mano derecha e inclinando la espalda hacia delante. Los párpados le pesaban, y los ojos se le iban cerrando poco a poco. Luchaba por mantenerlos abiertos, pero era algo muy difícil de hacer.
Las piernas le fallaron al fin, y terminó de rodillas en el suelo, respirando con fuerza, intentando no ahogarse. Pero, posiblemente, eso mismo le estaba ocurriendo. Se estaba ahogando con el humo.
Con las últimas fuerzas que le quedaban, alzó la cabeza y forzó la vista hacia un punto aleatorio. Lo último que vio antes de perder el sentido por completo, fue una mancha que se acercaba hacia él. Toda esperanza se alejó cuando supo que no se trataba de Elybel. Porque esa figura no tenía el cabello del intenso rojo que poseía la elfa.


Como siempre, la enorme sala seguía en penumbra, y el ambiente era igual de siniestro y escalofriante que siempre. Una pequeña y blanquecina mano estaba sumergida en la pila de agua azulada. Se veía que en anteriores segundos, el líquido había estado agitado, porque aún entonces podían verse tímidas ondas que se expandían lentamente.
El único sonido que podía oírse en ese momento era el repiquetear calmado de unas uñas contra los brazos del trono de oro negro que había en lo alto de unas escaleras. Una siniestra sonrisa se dibujó en los labios del hombre que estaba sentado en él.
Está interesante –murmuró–. Al menos ya has podido perfeccionar tu magia, y has conseguido que logremos oír las voces de los que aparecen en la imagen.
La personita permaneció seria, pero por dentro se sentía feliz ante el cumplido de su superior.
Pero ella no estaba allí –saltó el hombre elevando la voz y levantándose de su asiento.
Yo... Lo siento, mi señor –tartamudeó la personita, intentando esconder su terror–. Ya se lo he dicho, no puedo acercarme. Hay algo que me lo impide...
El hombre guardó silencio, y luego se volvió a sentar lentamente. Parecía que se había serenado, pero la personita aún tenía la cabeza agachada, esperando una bronca, un grito, quizás una lanza punzante clavándose en su corazón...
Retírate –ordenó su señor secamente.
Al principio, la personita no reaccionó. Pero luego, enseguida asintió, realizó una reverencia, y salió de la sala con paso nervioso, cerrando la puerta tras de sí con cuidado, para no pegar un portazo y perder toda la buena suerte que había tenido hasta entonces.
Dentro, el hombre se frotó la barbilla, pensativo. Repiqueteó nuevamente los dedos de la mano izquierda sobre los brazos de su trono. Era una manía que tenía.
Luego, sonrió.


¡Crad! ¡Crad! ¡¡CRAD!!
Se intentaba abrir paso entre los elfos, poniéndose de puntillas y forzando la vista para ver si divisaba alguna cabeza de cabello castaño oscuro. Pero los elfos parecían ser dos metros más altos que ella, y aquello la desquiciaba. Se sentía una pulga, y la desesperación de no encontrar a Crad ayudaba mucho al hecho de que tuviera más ganas de que le explotara literalmente la cabeza, solo para olvidarse de toda aquella presión.
¿Ha visto a Crad? –preguntó al primer elfo que encontró, uno alto (cómo no) de ojos hermosamente violetas.
Quita –se quejó él desprendiéndose de un zarpazo de la joven.
Todos tenían prisa por huir de las llamas que se iban acercando.
Será... –murmuró Melissa frustrada.
Un par de fuertes pisotones y varios gritos en su oído aumentaron su nerviosismo.
¡¡¡CRAD!!! –gritó al viento desesperada, alargando notablemente la «a».
De repente, la presión de los cuerpos desapareció. Se sintió libre por primera vez. Fue entonces cuando se atrevió a abrir los ojos, y descubrió que se había quedado muy arrezagada. Delante de ella corrían todos los elfos.
Y seguía sin encontrar a Crad.
Las lágrimas acudieron a sus ojos. ¿Por qué había sido tan estúpida? Si no se hubiera puesto así con el tema de Senlya, posiblemente Elybel la hubiera matado –solo a ella, porque estaba segura de que a Crad no le hubiera hecho nada– y fin de la historia. Crad estaría a salvo, todos se habrían enterado del fuego a tiempo y, probablemente, más gente se hubiera salvado. Porque, en aquel momento, sí que creyó a la elfa que la había acompañado durante la escalada del muro de piedra.
«Pocos de los que se hayan quedado abajo van a poder llegar a tiempo» había dicho. Solo entonces, Melissa supo la razón que la elfa tenía.
Se dejó caer al suelo de rodillas con los ojos fuertemente cerrados y las manos presionando su cabeza desde ambos lados. No quería oír nada; no quería escuchar los gritos desesperados de los elfos. Tampoco cómo las ramas de los árboles se precipitaban al suelo calcinadas, ni el gemido del cachorro de Seisha, que había saltado de su bandolera y le frotaba la rodilla nervioso. Y tampoco las voces que le hablaban en su interior; aunque esas difícilmente las silenciaría tapándose los oídos.
¿Qué hacer? ¿Quedarse allí y esperar a que las llamas la alcanzaran? ¿Que había más allá? Ya no tenía a Crad, y los elfos no la aceptarían, la repudiarían. Y tampoco sabía dónde estaba Elybel.
Elybel... ¿También ella había...?
Sacudió la cabeza. No, no podía ser cierto. Ambos eran demasiado fuertes para terminar de esa manera. Seguro que habían pasado por situaciones mucho peores.
Al fin abrió los ojos. Su interior luchaba por no soltar ninguna lágrima. Lo estaba consiguiendo hasta el momento. Cuando de repente, vio que el cachorro le mordía la falda y tiraba de ella hacia la izquierda. Melissa no supo si fue el instinto, la desesperación, la intuición o el viento, pero, temblorosa, se levantó y se dejó llevar por el pequeño animal.
Alzó la cabeza para poder ver hacia dónde la llevaba. Se encontró ante unos matorrales de extraños frutos amarillos. Pero lo interesante no estaba en los matorrales, si no en lo que había detrás.
El corazón de Melissa se aceleró de repente. Sin pensárselo dos veces, saltó el matorral como si saltara un potro de dos metros, y se tiró al suelo, junto al cuerpo de él.
Junto al cuerpo de Crad.
Crad, Crad, Crad, Crad, Crad, Crad... –repetía Melissa sin descanso, zarandeando al joven que estaba completamente empapado de sudor y con el cabello grisáceo a causa de las cenizas que se habían apegado a él.
El cachorro enseguida se reunió junto a ella. Más concretamente, cerca de la cabeza del inconsciente Crad.
Al borde de la desesperación, Melissa le atizó un par de bofetadas, para ver si así reaccionaba. Había encontrado su cuerpo, ahora sólo le faltaba saber si estaba con vida o intoxicado.
Nunca se había alegrado tanto al escuchar una tos seca.
Crad abrió sus ojos lentamente y se incorporó hasta quedarse casi sentado. Al principio su vista estaba nublada, pero enseguida se le acostumbró. Y lo primero que vio fue a una sonriente Melissa de ojos brillantes.
¿Melissa? –preguntó dudoso. No sabía si era una alucinación o era real.
¡¡¡CRAD!!! –chilló la joven tirándose a los brazos del muchacho, riéndose con alegría.
Crad lanzó un quejido ante la brusquedad con la que Melissa lo había abrazado. Tosió un par de veces sin poder evitarlo. Le daba la sensación de que estaba echando polvo por la boca.
Que no me llames Crad te he dicho –se quejó malhumorado.
¡Maldito seas, estás vivo! –parloteaba Melissa, ignorando sus súplicas.
Siento decepcionarte...
Melissa deshizo el abrazo y lo cogió de la camisa con ambas manos, en posición amenazante.
Ni se te ocurra volver a hacer esto. ¿Me oyes bien? Nunca más –avisó.
Crad la miró fijamente sonriéndole. Luego, sus ojos se desviaron más allá de la joven, a sus espaldas.
Sí, sí, pero será mejor que corramos si queremos salvarnos el pellejo.
Tenía razón, y Melissa lo sabía.
Con ayuda de la muchacha, Crad se levantó, pero un punzante dolor en el pecho lo paralizó durante unos segundos.
¿Estás bien? –le preguntó la joven preocupada.
Sí, sí, deja –intentó tranquilizar, aunque no le sirvió de mucho.
Ven, que te ayudo.
Y dicho esto, Melissa pasó uno de los brazos de Crad sobre sus hombros.
¿Qué estás haciendo? Puedo yo solo –le dijo con cierto tono orgulloso.
Mientes cual bellaco. Cállate y déjate ayudar.
A regañadientes, Crad accedió, y ambos se alejaron tan deprisa como pudieron, seguidos por el pequeño cachorro de pelaje negro brillante, que entonces movía su cola, feliz.
Unos metros más allá, tras el grueso tronco de un árbol, alguien los observaba con curiosidad.

domingo, 4 de marzo de 2012

Aviso sobre el capítulo 12



Este lunes no me va a ser posible subir el capítulo 12. ¿La razón? Exámenes, exámenes everywhere. A penas llevo una página escrita, y aunque sé lo que va a pasar, no lo tengo organizado. El caso es que en toda la semana no podré subir ni escribir ningún capítulo. Y el lunes que viene ya se verá si también...

Arrivederci!:)