Miembros de la Séptima Estrella

sábado, 3 de noviembre de 2012

[L1] Capítulo 23: Lazos de sangre




Avanzaba a trompicones por entre el gentío de la calle. Instantes antes se había encontrado con una joven con pantalones, de ojos azules y un colgante con una piedra del mismo color. Se habían mirado, y de repente la chica se había puesto nerviosa y se había ido corriendo. Él se había quedado extrañado mirándola durante un rato. Pero luego había sacudido la cabeza y había seguido su camino.
De repente, alguien se interpuso de nuevo en su paso. Un gran hombre de armadura que el joven reconoció enseguida. Alzó la vista y se encontró con una cabeza de cabello rubio platino y ojos verdes. Una especie de clon más mayor y musculoso que él.
¿Adónde vas tan deprisa, hermanito? —preguntó el obstáculo.
Tengo que hacer una cosa —murmuró Koren.
Sí, tienes que ir al banquete en tu honor —objetó Bowar—. No puedes faltar, así que será mejor que vayas yendo en lugar de pulular por ahí.
Aferró su brazo e intentó llevárselo por delante, pero Koren se deshizo de su mano y se quedó quieto en el sitio, muy serio. Ambos se miraron, desafiantes. El joven intentó soportar los ojos de su hermano, pero al final se rindió y apartó la cara.
Enseguida voy, hermano. No te preocupes.
Bowar se lo quedó observando un rato más, pensativo.
Bueno —accedió—. Pero no tardes.
Koren le sonrió y se dio la vuelta. Pero no había avanzado un solo paso cuando su hermano lo detuvo, agarrándole del brazo nuevamente.
Espera, hermanito. Vuélvete un momento.
Koren obedeció alzando una ceja, confuso.
¿Qué pasa?
Tu colgante, hermanito. ¿Dónde está tu colgante del Símbolo de Gouverón?
Rápidamente, el muchacho bajó la mirada a su cuello y no encontró nada. «La chica esa...», recordó de repente. Le había cortado el colgante y se había quedado en aquel callejón, abandonado. Maldijo para sus adentros y volvió a mirar a Bowar.
Lo he perdido... —susurró.
¡¿Cómo has podido perder algo así?! —casi gritó Bowar—. ¡Era un colgante muy valioso, un regalo a nuestra familia! ¡No puedes perder esas cosas a la ligera!
Lo siento, hermano —se acongojó Koren.
Bowar respiró hondo y fijó la vista en él, pensativo. Luego suspiró.
No pasa nada —susurró. Acto seguido se quitó su propio colgante, idéntico al que había perdido, y lo pasó por la cabeza de Koren—. De momento quédate con el mío y ya buscaremos algo. Si fueras a tu ceremonia sin el colgante, darías de qué hablar, y podría ser que te acusaran de traición. Así que la próxima vez ten cuidado, eh —lo tranquilizó, para luego revolverle el pelo con cariño.
Lo prometo —sonrió Koren.
Bien pues, no tardes.
Dicho esto, Bowar dio media vuelta y se alejó, dejando a Koren solo entre los habitantes de Rihem. Cuando este ya no divisó a su hermano, emprendió el camino hacia la arboleda que rodeaba la ciudad, con el único propósito de alejarse de la realidad un rato antes de volver a la civilización y tener que fingir sonrisas de felicidad ante todo el reino. O al menos ese era el único propósito por el que creía adentrarse allí.

* * *

Caminaban por las calles, uno junto al otro. Ella sujetaba la pistola y la paseaba entre sus manos para observarla desde todas las posiciones.
¿Quieres dejar de hacer eso y guardarla? —protestó Crad, algo nervioso—. Imagínate que hieres a alguien.
Ya no quedan balas, Crad —informó ella—. Solo había una, y aquel bestia la usó para hacerte una demostración. Ya no había más. Nos engañó.
¿Balas? —preguntó, confundido.
Sí. Una bala es esa cosa alargada que salió de la pistola. Lo que hizo el agujero en el tronco del árbol —intentó explicar.
Ah, esa cosa...
De repente Crad se detuvo en medio de la calle y miró fijamente a Melissa, que avanzó un par de pasos hasta que se dio cuenta de que su compañero se había quedado atrás. Se volvió y lo miró, interrogante.
¿Qué pasa? ¿Por qué te paras ahora?
¿Cómo sabías tú todo eso?
Melissa se quedó en blanco, sin saber qué responder a eso. ¿Qué debía decirle? No podía contarle delante de aquel montón de gente que ella provenía de la Tierra, otro mundo distinto a ese. Quizá no la creyese y pensara que estaba loca, o quizá sí y la abandonara. O peor aún, la entregara a las autoridades. Entregarla... ¿Crad sería capaz de entregarla a sus enemigos por miedo? ¿Sería capaz de traicionarla? Lo observó de arriba abajo y caviló. No sabía si sería capaz. Se conocían de apenas unos días, y ese no era el tiempo suficiente como para confiar plenamente en una persona.
Yo... —empezó—. Es... lógico.
¿Eso era todo lo que se le ocurría? Sintió que aquella mentira era la peor de toda la historia. No supo qué se le había pasado por la cabeza para decir semejante estupidez. Por eso se sorprendió tanto cuando Crad se encogió de hombros y siguió caminando.
Bueno, si no me lo quieres contar, allá tú.
La joven tardó en reaccionar, pero enseguida que lo hizo, corrió hacia él.
¿Y ya está? —preguntó inconscientemente.
No hay más. Si tú intentas inventarte mentiras porque no me lo quieres decir, no puedo obligarte a que me cuentes la verdad.
Pero... ¿cómo puedes fiarte de alguien que conoces desde hace tan poco tiempo? —Melissa comenzaba a irritarse. No comprendía la actitud de su compañero.
Primero, porque mientes muy mal. No sabes. Se te da fatal. Eres la peor mentirosa que he conocido en toda mi vida, Mel.
¡¿C... cómo?! —se sorprendió la joven, sintiéndose algo ofendida.
Segundo, porque no creo que una chica tan perdida como tú sea enemiga o pueda traicionar a alguien.
Melissa no supo si debía tomarse aquello como un cumplido o como otra pequeña ofensa. Sí que era cierto que estaba completamente perdida, pero había intentado disimularlo un poco para no levantar tantas sospechas. Aunque estaba viendo que con Crad no funcionaban ninguno de sus patéticos trucos. Era demasiado listo.
Y tercero, porque me recuerdas a alguien —finalizó, fijando su mirada color avellana en los ojos de Melissa.
La tercera no tiene sentido —objetó ella.
Lo sé. No es lógico, ¿verdad? —dijo Crad, remarcando la palabra lógico.
¡Oye! ¡No te burles de mí! —refunfuñó Melissa.
No me burlo de ti. Me burlo de tus mentiras.
No era una mentira...
Sí que lo era. Se te nota, porque cuando mientes mueves el pulgar de la mano derecha.
Aquel dato dejó estupefacta a Melissa, que se quedó con los ojos abiertos como platos. Luchó contra sigo misma para no ruborizarse, y casi lo consiguió. Casi.
Sí que te fijas... —murmuró.
Yo suelo fijarme mucho en las cosas.
Ya veo.
Así concluyó la charla, pues llegaron a la puerta de la casa del matrimonio feliz. Melissa guardó la pistola en su bandolera mientras Crad llamaba a la puerta. Anthony no tardó en abrirles la puerta. Los invitó a pasar y les informó que Guedy acababa de salir a comprar. Bichejo, el pequeño beichog, corrió hacia Melissa, y esta lo acarició con cariño. Fue entonces cuando Crad dijo que iban a irse.
Es mejor que no nos entretengamos más de lo que lo hemos hecho ya.
Comprendo —sonrió Anthony—. Iros, iros ya. Cuando vuelva Guedy se lo diré.
Mientras los dos varones mantenían una conversación, Melissa estaba atenta al pequeño animal. Se fijó en su pelaje. Estaba más suave y brillante, por lo que intuyó que lo habían lavado. Luego observó su cuerpo. Lo encontró más lustroso. Antes incluso estaba demacrado, ya que la comida era escasa y no paraba de caminar. Con una mirada triste, se apiadó de él. La vida que le estaban dando no era buena. Él necesitaba una familia estable y una acogedora casa donde resguardarse del frío invierno y del caluroso verano. Un hogar donde crecer sano y seguro.
De repente, Anthony se puso de cuclillas al lado de la joven y la miró, sonriente. Crad había ido al piso de arriba a buscar algo, por lo que estaban los dos solos en la habitación.
Temes por él, ¿no?
¿Por quién? —preguntó Melissa, dudando de a quién se refería.
Por el beichog. Lo veo en tu mirada.
Bueno... —suspiró ella—. Es que... me da miedo que le pase algo. El camino hasta aquí ha sido algo movido. ¿Y quién sabe cómo será el de vuelta?
Sé cómo te sientes. No quieres arriesgarte. Es todavía un cachorro y necesita muchos cuidados; no puede valerse por sí mismo —objetó Anthony. Súbitamente, una idea cruzó su mente—. Oye, ¿y qué te parece si se queda aquí con nosotros? Guedy está todo el día en casa, y le encantan los animales. Puede cuidarlo perfectamente.
¿De verdad haríais eso? —se emocionó Melissa. Luego se lo pensó mejor—. Pero me sabe mal. Os he pedido demasiadas cosas, y no me parece bien abusar más de vosotros.
¡Al contrario! ¡Nos harás un favor! —exclamó—. Sinceramente, aunque nos amamos mucho y nos tenemos el uno al otro, nos sentimos un poco solos. Ya no tenemos hijos y...
Se calló de repente, dejando a Melissa un tiempo para reaccionar ante lo que acababa de escuchar.
¿Cómo que ya no tenéis hijos? —susurró, algo confusa.
Anthony tardó en responder. Se veía que le costaba soltarlo.
Antes teníamos una niña. Era muy alegre y toda una preciosidad. Tanto Guedy como yo estábamos muy felices con ella. Pero un día salió a jugar con un amigo suyo y ya no volvió. La estuvimos buscando toda la noche, y entonces vimos correr a unos soldados con antorchas. Nos temimos lo peor. —Suspiró tristemente, y Melissa estuvo a punto de pedirle que parase de hablar, que no hacía falta que se lo contase si le resultaba tan duro, pero él siguió antes de que pudiera replicar algo—. Buscamos fuera de la ciudad y vimos una chimenea de humo. Nos dirigimos hacia allí y nos encontramos con una casa en llamas. —Tragó saliva—. En efecto, era la casa del amigo de nuestra hija. Y dentro estaba ella.
La joven se quedó muda, sin saber qué decir exactamente. Había tenido que ser un golpe muy duro para la pareja el perder a su hija. Dudosa, colocó una mano en el brazo de Anthony, a modo consolador.
Lo siento —susurró.
No sé por qué te disculpas, tú no tienes la culpa de nada —dijo él, ocultando todo rastro de tristeza.
Melissa sonrió ante la fuerza de Anthony.
Quedaos con el pequeño. Sé que cuidaréis muy bien de él.
Gracias —murmuró Anthony envolviendo a la joven en un cálido abrazo.
Cuando se separaron, descubrieron que Crad estaba a su lado. Melissa se preguntó cuánto tiempo llevaría allí. Se extrañó al verlo tan serio, y estuvo apunto de preguntarle por ello, pero él enseguida la empujó hacia la puerta.
Se despidieron, los dos varones con un amistoso apretón de manos, y Melissa y Anthony con una sonrisa y otro abrazo. Ambos se habían sentido identificados, ya que los dos venían del mismo mundo, del mismo país y del mismo orfanato.
Puedes visitar al pequeño cuando quieras —le dijo él, con una mano sobre el hombro de la joven.
Muchas gracias —susurró Melissa.
Gracias a vosotros. Adiós, chicos. Un placer conoceros.
Adiós, Anthony —dijeron Crad y Melissa al unísono.
¡Despídete de Guedy de nuestra parte! —recordó Melissa.
Lo haré, tranquilos.
Cuando Anthony cerró la puerta de la casa, Melissa se dirigió calle arriba. Pero en cambio Crad caminó en la dirección contraria. La chica, confusa, lo miró.
Por ahí creo que no se va a...
Lo sé —cortó Crad, sin volverse—. Pero... es que quiero ir a un sitio antes.
Ah. Bueno pues... ¿Está muy lejos?
No, no mucho.
A Melissa aquel no mucho le sonó a mentira. Pero no dijo nada y siguió a Crad, obediente y curiosa a la vez. El chico estaba teniendo mucho misterio últimamente, y aquello la inquietaba.

* * *

No sabía dónde se encontraba, pero tampoco le importaba mucho. Necesitaba un tiempo para poder aclarar las imágenes que seguían apareciendo en su atormentada cabeza, y asimilar las escenas que acababa de vivir. Sentía un gran peso sobre ella, como si toda su vida hubiera sido una ligera brisa y de repente se desencadenara un tornado. Algo confusa y cansada de correr, se sentó en el suelo y apoyó su espalda en el tronco de un árbol. Se cubrió sus verdes ojos con las manos y empezó a respirar profundamente. Sentía como si sus sienes fueran a estallar. Era algo tan extraño... Pero a pesar de toda esa marea de recuerdos olvidados, sabía que todavía le quedaban algunos. Pequeñas piezas del rompecabezas que eran de vital importancia.
Por favor, Gabrielle —se hablaba a sí misma—. Recuérdalo todo ahora.
Sus lamentos no servían nada más que para aumentar su desespero. Por mucho que intentara adentrarse más en su mente, buscando cualquier pista, no lograba nada. Tenía escenas desordenadas que danzaban en su mente. Algunas ni siquiera estaban completas. Otras solo duraban tres segundos. Era un festín de imágenes, sonidos, olores, sentimientos..., todos empaquetados en su cerebro, apunto de estallar.
Un dulce beso en la frente. Un te echaré de menos, hermanita. ¿Hermanita? No recordaba a ningún hermano o hermana. ¿Por qué? A lo mejor era demasiado pequeña cuando se despidieron...
Nada tenía sentido, y comenzó a pensar que no valía la pena seguir insistiendo. Si no recordaba algo, ya lo haría más tarde. No debía forzarse, porque entonces sería mucho peor.
De repente sus oídos captaron el sonido de una bota pisando la hierba. Estaba muy cerca, y Gabrielle se sobresaltó. Al alzar la cabeza descubrió a un gran hombre frente a ella, portador de una gran hacha, la cual tenía cogida por encima de su cabeza. La joven no tardó en comprender que aquel hombre tenía la intención de dejarla hacia adelante para así partirla en dos. Quizá porque creía que tenía dinero. Quizá por entretenimiento. ¿Quién sabía lo que se le pasaba por la cabeza a un hombre como ese?
Una sonrisa de cruel diversión hizo estremecer entera a Gabrielle. El terror le invadió la sangre, y el hombre, gritando, bajó el hacha hacia ella. La joven chilló, se contrajo toda y cerró los ojos en un autoreflejo. Comprendió que dejaría el mundo sin conocer todo su pasado, sin saber quiénes eran sus padres. Ni su hermana. Porque intuyó que no había nada que hacer. Aquel era su fin.

* * *

¡Eh, guerrero!
Bowar se volvió, preguntándose si se dirigían a él. Buscó con la mirada quién había podido gritar eso, hasta que se topó con una mujer cubierta por una capa negra. Estaba sentada en un carro ajeno y solo podían verse sus seductoras y atléticas piernas, pero a Bowar le bastaba para reconocerla.
Senlya, ¿qué haces aquí? —preguntó.
La elfa bajó del carro y sus botas pisaron el suelo con fuerza. Alzó la cabeza hacia el guerrero, dejando su rostro al descubierto, y sonrió.
Ya que no soy una guerrera de Gouverón y no me permiten asistir al banquete de tu hermanito, al menos me gustaría verlo de lejos. Tampoco tengo nada mejor que hacer —dijo, encogiéndose de hombros.
¿No deberías estar buscando a esos dos miembros de la Séptima Estrella? ¿El sublíder y la chica esa?
Los estoy buscando, pero discretamente. Vigilo a toda la gente que pasa a ver si los veo.
No creo que estén en una ceremonia de un guerrero de Gouverón —objetó Bowar.
Quién sabe —dijo Senlya simplemente—. Aunque al parecer falta el personaje más importante del banquete, ¿no?
Bowar suspiró, abatido.
Koren sigue igual de distante y solitario que siempre —admitió—. Hacía mucho que no nos veíamos, y de verdad creía que habría cambiado un poco. Pero sigue tan independiente como siempre.
Bowar, no puedes pretender que cambie tan deprisa. Era muy pequeño cuando ocurrió aquello —dijo la elfa, midiendo sus palabras e intentando no sonar insensible para no herir también a su compañero.
Sí, supongo que tienes razón. Le afectó mucho, y ya no ha vuelto a ser el mismo.
Súbitamente, el ambiente se volvió tenso. Bowar adoptó su expresión de melancolía y se perdió en los recuerdos de años pasados. Senlya lo observó en silencio. Poca gente veía a un Bowar así, por no decir nadie salvo ella. Incluso con su hermano intentaba no parecer afectado, para que Koren no se entristeciera más de lo que ya lo hacía. Pero con Senlya había alcanzado unos grados muy altos de confianza, y aunque la elfa no solía mostrar cariño alguno, Bowar sabía que sentía compasión por él.

* * *

Dicen que cuando sientes que todo termina, que tu vida llega a su final, ves pasar toda tu vida ante tus ojos. Dicen que sientes todo lo que has sentido hasta entonces en un solo segundo. Dicen que no te da tiempo a llorar, porque tu mente está saturada de sensaciones e imágenes. Dicen que te das cuenta de cuánto ha valido tu existencia; de las personas que han estado contigo y de las que hubieran estado si hubieras ido en otra dirección. Sientes un extraño sentimiento de paz e intranquilidad al mismo tiempo.
Para Gabrielle no era la primera vez que le ocurría algo por el estilo. Aquel día que los bandidos atracaron el carruaje en el que ella iba, pudo sentir todo eso. Se asustó en su momento, lamentándose de su vida. Pero en aquel preciso instante, repitiéndose de nuevo el proceso y habiéndolo vivido ya antes, no se lamentó. Una persona le vino a la cabeza: Syna. La misma persona que la había salvado, la misma en la que había creído encontrar una familia de verdad, y la misma que la había atacado. Una bruja. Había estado confiando en una bruja, y aquello la aterraba. ¿Quién sabría lo que hubiera podido pasar? ¿Habría acabado muerta de haberse quedado con ella? Eso es lo que decían las historias. Los brujos no se juntaban con humanos, pero si lo hacían era para jugar con ellos como muñecos y luego matarlos. ¿Syna había estado haciendo eso? ¿Había jugado con Gabrielle? De repente recordó una noche en la que había dormido en el bosque en su compañía. La primera noche que habían pasado juntas. Gabrielle tenía mucho frío y tiritaba. Syna hacía guardia y se dio cuenta. Creyendo que estaba dormida, se quitó su capa y la colocó encima de la joven. Gabrielle no dijo nada y fingió seguir durmiendo, pero no olvidó el pequeño detalle que la chica de ojos dorados había tenido.
No. Syna no habría podido matarla.
Pero ya no había marcha atrás. No podía volver y pedirle disculpas. Abrazarla y darle las gracias por todo. No, porque ya todo terminaba. El hacha caía sobre ella y en breves la partiría en dos.
El dolor y la sangre no llegó, por mucho que Gabrielle esperó. Por un momento creyó que ya había muerto, pues no sentía absolutamente nada. Pero cuando decidió abrir los ojos, vio a alguien delante de ella. Alguien que portaba una espada.
Alguien que había detenido el hacha antes de que llegara a rozarle.

viernes, 12 de octubre de 2012

[L1] Capítulo 22 (parte 2): Recuperando recuerdos

Bueno, en primer lugar quiero explicar por qué es la segunda parte del capítulo 22. Fácil: no se me ocurría ningún título, ni a mí ni a Gaby (gracias a esta última por tu ayuda... he considerado seriamente lo de "Mejor dentro que fuera, rascando" xD).
Segundo: quiero dedicar este capítulo a Ana (no, yo misma no, otra Ana, Fireflies). Porque no sabía cómo terminar el capítulo y ella me dio una brillante idea. Ana, al final no es exactamente como dijiste, cambié el personaje :) Y también porque la adoro y siempre me cuenta sus paranoias/teorías *-*
Tercero: sé que he tardado y tal... pero es el instituto... y problemas y cosas u_u En fin, intentaré no tardar tanto en el siguiente (siempre digo lo mismo...).



¿Seguro que no quieres comer nada más? —insistió Guedy.
No, de verdad. Ya he abusado demasiado de vuestra hospitalidad —repetía Melissa en la puerta de salida, con su bandolera colgando del hombro y deseosa de marcharse.
Bichejo bebía feliz en un cuenco de leche colocado en el suelo, hasta que vio las intenciones de Melissa y corrió hacia ella. Pero la joven se lo pensó antes de dejarle salir y miró a Guedy, suplicante.
¿Puede quedarse aquí? Es que con tanta gente, me da miedo que se pierda o... le pase algo.
Oh, tranquila, no hay ningún problema —accedió la mujer—. Aquí estará bien. Porque tienes razón. Al ser un beichog, mucha gente intentaría apropiarse de él de malas maneras.
Lo sé.
Y cuánto lo sabía. Cuando iba por la calle con Bichejo en brazos, muchos se le habían quedado mirando, y Melissa odiaba ver el destello de ambición y codicia que reflejaban sus ojos. No quería arriesgarse. Así que, tras despedirse del pequeño animal y darle las gracias a Guedy por millonésima vez, salió a la calle sola. Al poner los pies en ella se dio cuenta de que no sabía adónde iba a ir. No conocía Rihem, pues llegó deprisa y corriendo, y siempre la habían guiado. Entonces comprendió lo absurda que era su idea. Pasear por una ciudad desconocida, completamente sola y sin saber el idioma que allí obligaban a hablar. Era un buen plan para un temerario, pero no para ella. Aunque después de pensarlo unos segundos, sonrió y se encaminó calle arriba. Escuchaba cómo parloteaban aquel grotesco idioma. Lo asemejó a la manera de hablar de Cinzia, su cuidadora del orfanato.
Cinzia... apenas hacía unos días que no la veía, pero parecía que hubieran pasado varios meses. No la echaba de menos en absoluto, es mas, era una de las cosas que la llevaban hacia delante en aquel mundo. No quería volver a su orfanato ni aunque pudiera. Aunque Italia...
Desechó enseguida esos pensamientos de su cabeza. Prefería no cavilar mucho en ello, porque sabía que acabaría angustiada por no poder volver a su mundo natal. No quería deprimirse otra vez. Casi siempre era así: intentaba ocultar todos los problemas e inquietudes que le rondaban, aparentando ser indiferente con todo, hasta que explotaba en una procesión de insultos y gruñidos. Era algo que no podía remediar aunque quisiera. Estaba tan sujeto a su interior, que no podía arrancarlo a no ser que la pusieran en una dura terapia.
Tan absorta en sus cavilaciones como estaba, se chocó contra alguien que llevaba un elegante traje negro con camisa blanca. Se sorprendió del aroma a hierbabuena que desprendía el chico, y alzó la cabeza para mirarlo. Sus ojos eran de un verde tan profundo que parecía que se podía nadar en ellos, y su cabello rubio platino brillaba a la luz del sol. Melissa quiso disculparse, pero antes de hablar, recordó que no sabía el idioma, y adivinó que si hablaba en la lengua de los rebeldes podría meterse en problemas. Así que lo rodeó y se marchó casi corriendo, dejando atrás a un perplejo chico que la miraba interrogante.
No cruzó ni una calle cuando un grito seguido por un silbido la alarmó. Giró la cabeza y se encontró con un par de borrachos sentados en la mesa de la terraza de una taberna. Observaban sus ajustadas mallas mientras se relamían los labios, algo que a Melissa la asqueó. Gruñendo, les dio la espalda y se alejó. Creía que habían pasado de ella, hasta que alguien le agarró el trasero. Instintivamente, lanzó el pie hacia atrás, propinándole una patada en el estómago al agresor. Ya tirado en el suelo, Melissa pudo ver que era uno de esos borrachos. La gente comenzó a rodearlos, y ella se sintió de repente el centro de todas las miradas. El hombre del suelo la señaló y gritó algo, y enseguida, dos hombres grandes más corrieron hacia ella. Aquella vez no le hizo falta entender el idioma para comprender que querían apresarla. Se volvió rápidamente, se abrió paso a codazos y corrió por un callejón cualquiera que resultó ser horriblemente zigzagueante. Los dos hombres la seguían gritando, pero las mallas de la joven le permitían una movilidad que había echado de menos desde que se puso esa falda azul, a conjunto con la capa guardada dentro su bandolera. Melissa era veloz, pero torpe. Aun así, aquella vez la torpeza no le falló mucho, solo tropezó varias veces y sin caerse. Como ella siempre decía: «Si tropiezas y no caes, avanzas».
De repente vio la salida. Aquel horrible callejón terminaba en la arboleda que rodeaba Rihem. Maldijo en voz baja, pero no se detuvo. Detrás tenía a dos hombres persiguiéndola, así que debía meterse allí.
Sus botas pisaron la hierba y comenzaron a saltar raíces. Melissa se encontró mucho más cómoda en aquel terreno, gracias al calzado. Se sintió aliviada, ya que tropezaba menos y avanzaba más. Pero poco le duró la alegría, pues cuando volvió la cabeza para ver por dónde andaban sus perseguidores, la suela de su bota dejó de pisar el suelo y se encontró con un pequeño bancal de un poco más de un metro. Obviamente, Melissa cayó, y de espaldas, sujetando la bandolera para proteger su interior —la cámara de fotos más que nada—. Rápidamente, y aunque tenía todo el cuerpo dolorido, se arrimó a un recoveco de la tierra para ocultarse. Los hombres pasaron por encima sin adivinar su presencia, y Melissa suspiró aliviada. Después de pasar aquello, se sintió satisfecha con lo que acababa de hacer. Y es que involuntariamente había realizado una llave de karate. Era cinturón verde, pero hacía dos años que no practicaba aquel deporte, ya que, inexplicablemente, lo habían retirado del orfanato. Obviamente había perdido cualidades, pues el karate era uno de esos deportes que si lo dejas, luego cuesta volver a retomar.
Para entretenerse, Melissa sacó de su bandolera la funda de su cámara. La abrió y sacó el aparato. Intacto. Se sorprendió ante la dureza y efectividad de la funda y volvió a guardarlo todo dentro. Sin querer le cayó algo en el suelo, y al recogerlo se dio cuenta de que se trataba de un coletero. Con una sonrisa de satisfacción, se hizo una coleta alta, despejándose la vista por completo. Llevaba el pelo demasiado largo, a pesar de que se lo había cortado al llegar a Anielle. Aún recordaba aquel día, en el que se había sentido terriblemente confusa. Se había ido acostumbrando desde entonces, pero todavía no estaba del todo a gusto.
Esperó unos segundos más y luego asomó la cabeza. No encontró a nadie, así que se levantó del todo. Tras lanzar unos cuantos gemidos de dolor y contar los rasguños que se había hecho en la caída, echó a andar por la arboleda. Quería pasearse por ahí un rato para relajarse y alejarse de todo un poco. Observó de nuevo los árboles de extrañas hojas, todas ellas distintas y bellas a su manera. Cada vez le maravillaba más aquel lugar. Siempre quedaba algo por descubrir.
¡Disatju digplez!
Se paró en seco, sorprendida. A pesar del basto acento del idioma, la voz de aquel chico era fácil de identificar. Melissa se acercó un tanto hacia su origen y se escondió tras unos arbustos. En efecto, quien hablaba era Crad. Frente a él había dos guerreros de Gouverón que parecían furiosos y señalaban al joven con la punta de sus espadas. A Melissa se le encogió el estómago.
Gutsacsu moien —habló uno de los guerreros—. Sitchan moigenzo pot sacu Gouverón.
¡Justi gui mon, queta mo liporte pole! —respondió Crad.
Melissa no entendía nada de lo que decían, tan solo le había parecido oír el nombre de Gouverón. Recordó que Crad le había insistido que no fuera con él, y consideró la idea de irse de allí. Pero no pudo hacerlo viendo el peligro que él corría. Comenzó a idear planes en su cabeza, pero no encontró ninguno adecuado. Si la veía, se enfadaría. Pero, ¿y si la cosa se ponía peliaguda? A lo mejor sería mejor intervenir y ayudar aunque fuera solo un poco...
Munstar noditu setge o rebgen, gutsaque anren.
El corazón de la joven se congeló al instante. Aquella voz había venido de alguien que se encontraba a su espalda. Rápidamente volvió la cabeza, y allí se encontró con otro guerrero de Gouverón. Sin que le diera tiempo a reaccionar, este la elevó en el aire para saltar los arbustos y colocarse frente a Crad y sus dos compañeros.
¡Suéltame, asqueroso! ¡Bájame, déjame! —gritaba Melissa, forcejeando e intentando dar una patada a su agresor. En su interior sabía que no la entendía, pero estaba tan nerviosa que no se paró a pensarlo detenidamente.
¿Melissa? —se asombró Crad.
¡Crad! —exclamó Melissa—. Juro que no te he perseguido, yo no pretendía ir a por ti, pero entonces...
Un misterioso clac calló a la joven. Ella conocía ese sonido; lo había oído en muchas películas. Y cuando algo frío le tocó la sien, sus sospechas aumentaron.
Crad preguntó algo, y el guerrero le respondió. Melissa no los entendió, pero por las confusas miradas que Crad lanzaba hacia el arma, pudo suponer que preguntaba sobre qué era aquello. Y al parecer, fue algo tan novedoso e irreal para él que el guerrero tuvo que demostrarle su función. Alargó el brazo, apretó el gatillo y la bala se impactó contra el árbol más cercano al joven. Este se sobresaltó y observó curioso el agujero que la bala había dejado en el tronco. Melissa pudo ver el arma por primera vez. Como ella había supuesto, era una pistola, de esas que siempre salían en las películas del oeste.
Nuevamente, la fría boca del arma volvía a estar pegada a su cabeza, y la mirada de Crad estaba fija en Melissa. A esta le sorprendió la expresión de su rostro. Había en ella tanta tristeza, tanto resentimiento... tanto dolor. «¿Por qué? —pensó Melissa para sí misma—. ¿Por qué me miras así, Crad?».
Lo siento —susurró, dudosa.
Crad desvió los ojos al suelo y con un brusco movimiento tiró su espada al suelo y alzó las manos, pronunciando unas palabras. Los tres guerreros allí presentes rieron, y Melissa lo comprendió al fin, recordando las hojas de «Se busca» que estaban repartidas por todo Rihem.
¡No, Crad! ¡No lo hagas! —gritó, pero al ver que él la ignoraba, se puso más nerviosa—. ¡Estúpido, no pases de mí! ¡No te entregues, maldita sea!
El guerrero que la agarraba le presionó más la cabeza con la pistola al ver que Melissa gritaba y forcejeaba cada vez con más intensidad.
¡HAZME CASO, IMBÉCIL! ¡MÍRAME!
Por primera vez, sus súplicas parecieron dar resultado. Crad la miró fijamente, y Melissa pudo ver entonces cómo sus ojos brillaban ligeramente.
Cállate. Voy a hacer lo que quiera, así que tú no te metas —le dijo, sin emoción alguna en su voz.
La joven se quedó observándole unos segundos. Este desvió la cabeza y comenzó a hablar con uno de los guerreros, ignorando de nuevo a Melissa. El hombre que la sujetaba aflojó la fuerza, pero no apartó el arma de su cabeza. La chica no podía reaccionar. Estaba quieta en el sitio, sin poder apartar los ojos de Crad.
No te muevas, Melissa.
Melissa se sobresaltó. ¿Quién le había hablado? No reconocía su voz. Observó a los presentes uno a uno, pero ninguno más parecía haberlo oído.
Eh, te he dicho que no te muevas. Hazme caso. Quedate muy quieta y cuando te diga, actúa.
Aquella vez se sorprendió aún más. La voz sonaba dentro de su cabeza, estaba segura.
«¿Quién eres?» preguntó pensando, esperando que el chico telepático le respondiera.
No hay tiempo de presentaciones formales. Quédate quieta de una santísima vez, jo. Confía en mí.
«Está bien...» accedió ella.
Apenas pasó un mísero instante, cuando algo brillante emergió de entre los árboles y fue directo a la mano del guerrero que sostenía el arma. Dicha arma cayó al suelo seguida de un grito de dolor, y varias gotitas de un líquido oscuro salpicaron el rostro de Melissa.
Ahora, le indicó la voz misteriosa.
Melissa obedeció sin vacilar. Veloz como el viento, realizó otra muy torpe e inexperta llave de karate y el guerrero se tiró al suelo, encogido de dolor. Sin querer se golpeó la cabeza contra una raíz y perdió el sentido, cosa que Melissa agradeció. Un par gritos más hicieron que la joven se girara rápidamente, asustada. Pero al ver que los dos guerreros de Gouverón yacían en el suelo rodeados de sangre, se tranquilizó un tanto. Descubrió que Crad había recuperado su espada del suelo, la cual estaba manchada.
Los había matado él.
A pesar de que el primer día que se conocieron, Melissa ya había visto cómo mataba a un hombre, aquella vez le impresionó más. Quizá por la rapidez o quizá por lo raro que estaba el chico, ya que tenía la cabeza gacha y sus rizos le ocultaban el rostro casi por completo.
¿Crad?
Te dije que te quedaras en casa —soltó él sin moverse si quiera.
Melissa no supo qué decir. Quería explicárselo todo, pero la tensión del ambiente se lo impedía. Situaciones tensas. Qué poco le gustaban. Cada vez que tenía alguna salía corriendo. Pero supo que aquella vez no podía huir. Por primera vez en su vida, tenía que enfrentarse a la realidad. Así que avanzó unos pasos hacia el joven y se detuvo muy cerca de él, pero sin mirarle a la cara.
Lo siento mucho —repitió—. De verás que lo siento. Yo no te quería desobedecer, solo fui a dar un paseo, y de repente un asqueroso tío me tocó el culo y yo le di una patada. Me empezaron a perseguir y me escondí... —Se trababa ella sola—. Y entonces fue cuando te encontré, y no sabía que hacer porque veía que estabas en peligro y...
Sin previo aviso, Crad tiró su espada al suelo y se lanzó sobre Melissa, envolviéndola en un violento abrazo. La joven se quedó rígida, con los ojos abiertos como platos. La reacción del chico la había sorprendido tanto que no sabía qué hacer.
Maldita sea, maldita sea, maldita sea... —susurraba Crad en su oído—. Creía que volvía a...
Se quedó callado. Melissa tuvo la tentación de pedirle que siguiera hablando, pero no lo vio adecuado. Se quedó donde estaba, con los brazos caídos a los costados e intentando respirar lo menos posible. Crad la apretaba muy fuerte contra él, y Melissa se sentía cada vez más confusa.
Oh, vaya. Qué bonito.
Melissa lanzó un respingo. Era la voz de su cabeza. Le seguía hablando, seguía estando dentro de ella.
«¿Quién eres?» preguntó de nuevo.
Uy, qué casualidad. Debo irme. ¡Hasta otra! ¡Suerte!
Y tan pronto como vino, se fue. Melissa lo sintió. Inexplicablemente, notó cómo una pesada sensación salía de su interior, dejándola increíblemente vacía, como si le hubieran sacado varios órganos.
Crad percibió que la chica se había convulsionado ligeramente por unos segundos. Abrió los ojos, dándose cuenta de lo que estaba haciendo, y se alejó bruscamente de ella.
Crad... —susurró esta, asombrada ante los cambios de humor de su compañero.
Lo siento —dijo él solamente. Recogió la espada del suelo y le dio la espalda—. Será mejor que volvamos con Anthony y Guedy. Los de la Séptima Estrella ya están a salvo y tienen la dirección del refugio secreto. Mi trabajo aquí ha terminado.
Melissa asintió, aunque sabía que él no lo podría saber nunca porque no la estaba mirando. Era incapaz de pronunciar palabra alguna. La reciente escena seguía todavía muy presente en su mente. Y además, sabía qué quería decir Crad con aquella última frase.
Aquel era su primer y último viaje juntos. En cuanto llegaran a casa de Yaiwey y Cede... se separarían.

* * *

La brisa agitaba las hojas de los árboles, creando una agradable sinfonía. La sinfonía de la naturaleza. Los olores florales se intensificaban a cada ráfaga de viento, y el cielo comenzaba a teñirse de aquel rojo tan intenso característico del crepúsculo. Era un festín para los sentidos. Pero ella estaba sola otra vez.

El barullo era grande. Todos se reunían a mi alrededor. Yo estaba mojada de pies a cabeza. Los mechones de mi pelo estaban acartonados a causa del barro que me habían tirado por encima.
¡Bruja! ¡¿Pero qué has hecho?! —gritaba una de las madres, dirigiéndose a mí, obviamente.
Yo agachaba la cabeza, con la vista clavada en el suelo. No quería mirarla a los ojos, ni tampoco quería hablar. Así que me quedé callada y quieta en el sitio, como si todo aquello no tuviera nada que ver conmigo.
¡Te he hecho una pregunta! —seguía insistiendo, cada vez más nerviosa.
No osaba tocarme, y en parte lo agradecía. Si hubiera sido cualquier otro niño, me hubiera cogido de los hombros y me hubiera zarandeado hasta obtener una respuesta. Pero yo no era como los otros niños. Yo era diferente. Yo era rara.
Mientras la gente seguía gritando y mirándome con temor, eché un pequeño vistazo a los chiquillos que acababa de atacar. No paraban de llorar mientras la gente intentaban sacarlos de debajo del carromato volcado.
¡Me duele, me duele! —chillaban algunos.
¡Voy a morir! —lloriqueaban los más exagerados.
Morir... Qué palabra tan grande para algunos. Para mí era una condena demasiado menor de lo que merecía por ser como era. Por ser quien era.
De repente, una mujer de elegante y voluminoso vestido salió de dentro del carruaje, ayudada por su chófer y un sirviente. Se le veía que era de familia rica. Cómo odiaba a esa gente con dinero y enormes cantidades de caprichos. ¿Es que no veían que mientras ellos disfrutaban de cosas inservibles, otros estaban tirados en las calles muriéndose de hambre? No, claro que no. El brillo del oro les cegaba.
¡Niña! ¡Habla de una maldita vez!
No pude soportarlo más. Le lancé una mirada amenazante sin darme cuenta, y el rostro de la madre se volvió pálido como el papel. Miedo es lo que reflejaban sus ojos. Miedo es lo que reflejaban los ojos de todos los que posaban su curiosidad en mí.
¡Dejadme en paz! —exploté yo.
Di media vuelta y corrí calle abajo. No hizo falta apartar a nadie con los brazos, pues la gente me abrió el paso sin que tuviera que decirles nada. Otra vez el miedo. Todo el mundo me tenía miedo. Solo una persona era capaz de tratarme con cariño y normalidad. La única persona con la que me sentía verdaderamente a gusto. A él es a quien iba a buscar.
Llegué a la calle donde se encontraba mi hogar. Recordé aquel día en el que él me salvó de una muerte casi segura, cuando me perseguían aquellos dos guardias. El buen hombre me acogió en su casa y los mató por mí, para protegerme. Desde aquel día, no había dejado de hacerlo. Siempre cuidaba de mí, y yo no sabía qué darle a cambio. No tenía nada salvo mi don, que para mí era horrible, pero para mi tío —así lo llamaba, pues no sabía su nombre— era algo con lo que tenía que tener paciencia, pues era inmensamente valioso. ¿Hacer daño a los demás cuando te enfureces o te enrabias es algo valioso? Porque para mí no lo era en absoluto.
Me adentré en mi casa y cerré la puerta tras de mí con un sonoro portazo. Apoyé la espalda en ella y respiré hondo. Me sentí segura allí dentro, en un lugar donde realmente me querían, donde me aceptaban tal y como era.
Syna —murmuró él.
Sabía que estaba allí. Nunca salía de casa, aunque lo veía normal. Era como yo: solitario. Y además estaba ciego, aunque realmente no lo parecía, ya que se manejaba en el entorno como si viera perfectamente. Alcé la cabeza y lo miré con tristeza.
Los niños... —logré decir solamente.
Él enseguida se lanzó sobre mí y me tocó el pelo.
¿Barro? —preguntó—. ¿Esos malcriados te han vuelto a tirar barro?
Sí —respondí, tragándome las lágrimas que amenazaban con salir—. Pero esta vez me he defendido, tío.
Mi tío dejó de acariciarme el pelo y se quedó muy quieto. Sus ojos no estaban posados en los míos, si no que se encontraban fijos en mi hombro, algo normal, ya que por mucho que los posara en mi rostro, no la podría ver nada de ninguna manera.
¿Qué has hecho, Syna?
Algo horrible, tío. Pasaba un carro por ahí... y ellos me tiraron el barro. Yo estaba tan harta que me enfadé mucho. Y entonces el carro salió volando por los aires y cayó encima de los niños.
Se hizo un pesado silencio, durante el cual se me hizo más difícil evitar que se me cayeran las lágrimas.
Soy un monstruo. No merezco vivir, tío. No lo merezco... —me lamenté, con la voz cada vez más débil.
Nunca se lo había dicho cara a cara, pero era lo que creía desde siempre. Mi vida no valía nada si hacía daño a las demás.
De repente, él se puso de pie. Yo lo miré interrogante. Por nada del mundo me esperaba lo que vino después.
Su mano se abalanzó sobre mi mejilla izquierda, provocando un sonido que resonó por toda la habitación. Él me había pegado. La única persona que creía que me quería. Lo único que tenía en el mundo. Coloqué una mano sobre la zona dolorida y, dubitativa, alcé la cabeza para mirarle. Estaba tan sorprendida como asustada.
NUNCA digas eso —habló él, con la voz más dura que jamás había oído—. NUNCA. ¿Me oyes bien? Tú no eres un monstruo. Los monstruos son los demás.
Sus palabras se grabaron a fuego en mi mente. Ya no pude borrármelas jamás de mi memoria. Aquel momento fue tan fuerte para mí que no pude evitar tirarme sobre mi tío. Lo abracé y lloré desconsoladamente, como nunca lo había hecho ni lo haría en mi vida. Él me devolvió el abrazo y me dijo que todo iba bien, que él estaba conmigo. Y yo me sentí la persona más feliz del mundo.

Un golpe de viento azotó los largos cabellos lacios, negros como la noche. Los ojos de la mujer, fijos en el horizonte, reflejaban tristeza y melancolía. Desenterrar recuerdos no siempre era agradable.
Con un suspiro, encubrió la cabeza en sus rodillas. Había creído engañarse a sí misma. Había querido esconder su don y fingir ser una persona normal. Todo parecía ir bien; pero hay cosas que no pueden retenerse eternamente. Lo que está ahí, está, y en algún momento debe salir al exterior.