Miembros de la Séptima Estrella

lunes, 28 de mayo de 2012

Modo pause



Lo siento, pero me va a ser imposible escribir nada. Tengo como tropecientos trabajos que entregar y tropecientos exámenes que hacer, y estoy a punto de llevarme un par de asignaturas a septiembre, así que tengo que ponerme las pilas. Además tengo comuniones, viajes y demás. No tengo fecha fija que poder deciros seguro seguro para subir.

PUEDE (y lo pongo bien grande, para que lo tengáis en cuenta) que me de tiempo a subir entre el 4 o el 5 de junio. No lo sé seguro.

Así que hasta pronto :)

lunes, 14 de mayo de 2012

[L1] Capítulo 18: Se busca (Primera parte)




Cabalgando toda la noche sin descanso, no habían dormido nada. Aun así, no parecían muy cansados. Cierto, unas oscuras ojeras estaban posadas bajo sus ojos, pero por lo demás, se movían con la misma energía que siempre. Aunque su cuerpo ya estaba acostumbrado a casos como esos.
En aquel momento se encontraban en un pequeño claro rodeado de árboles. Por el centro de este discurría un sonoro arroyo, donde los caballos bebían aliviados después de la carrera. Uno de los jinetes –que estaba cubierto por una capa negra– se lavaba la cara con tranquilidad, sin prisas. Se sintió bien cuando notó el agua fresca y limpia recorriéndole las mejillas. Cerró un momento los ojos, pero enseguida los abrió de nuevo. A aquel paso, se quedaría dormida. Y no se lo podía permitir; tenía muchas cosas que hacer.
Se levantó del suelo y giró la cabeza hacia su compañero. Este estaba sentado sobre una roca, limpiando con un paño su espada. Parecía ausente. Estaba pensando en sus cosas. Se acercó a él lentamente, y cuando llegó a su altura, se colocó de cuclillas y lo miró a los ojos directamente; a esos profundos ojos verdes.
¿Todavía nada? –le preguntó.
Bowar dirigió su mirada hacia ella.
No puede tardar mucho en llegar –contestó con voz serena.
Como si lo hubieran llamado a gritos, una pequeña figura apareció en el cielo. Era un pájaro que cantaba alegremente notas muy agudas. Su plumaje era de un color cobrizo, y en la punta de sus alas tenía manchas doradas. Tras la cabeza, digamos que en la coronilla, llevaba un par de plumas más largas que todas las demás, que caían hacia atrás. Al final de su tronco también tenía dos más, muy similares.
Un pájaro inconfundible.
Ambos compañeros alzaron la cabeza al cielo y se quedaron de pie, el uno junto al otro. En sus rostros se podía adivinar cierto nerviosismo e impaciencia.
El pájaro los vio y bajó hasta ellos. En su cuello tenía anudado un collar de cuero con una pequeña cajita colgando. Bowar extendió su brazo y esperó a que dicho pájaro se posara sobre él. Cuando este lo hizo, volvió a bajar su extremidad para que sus ojos quedaran a la altura de la cajita que llevaba en el cuello.
Veamos, nifol, qué noticias nos traes –habló cara al pájaro, quien no era más grande que dos cabezas suyas.
Nifol era la raza a la que el animal pertenecía. Dicha raza tenía muy buena memoria y buena estrategia de vuelo y coordinación. Por ello, la gente los habían comenzado a utilizar como mensajeros. Sobre todo en tiempos de guerras se veían muchos por el cielo, porque los guerreros y líderes los utilizaban como medio de comunicación entre ellos.
La pequeña caja oscura se abrió con un leve «clac» en cuanto Bowar posó su dedo en un botoncito escondido. Dentro había una pequeña tira de papel enrollada. La sacó con sumo cuidado y la sostuvo en su mano. El pájaro, enseguida que vio que ya había cogido el mensaje, se apartó de su brazo y se posó en la rama de un árbol cercano. Desde allí, comenzó a picotearla. Tenía hambre, y esos pájaros comían resina e insectos que se quedaban en los arboles.
Bowar desplegó el papelito y leyó lo que ponía con semblante tranquilo. No dijo nada durante un minuto aproximadamente. Senlya, mientras tanto, quedaba a su lado observando su rostro con paciencia. Sabía que no debía leer nada de aquel papel, porque los mensajes de los Guerreros de Gouverón eran confidenciales incluso para ella.
Al fin, Bowar dirigió sus ojos hacia ella. Y sonrió.
Tres escuadrones –informó–. Tres escuadrones son los que tenemos a nuestra disposición.
La elfa suspiró, más tranquila. Tres escuadrones... Tantos guerreros para coger a una sola chiquilla inexperta y a otro niño rebelde. ¿Qué tramaba su señor?
Una fugaz visión le nubló la mente. Su hermana. Hacía rato que no se la quitaba de la mente ¿Dónde podría estar? ¿Se habría quedado ayudando a los elfos a reconstruir Falesia? No sabía por qué, pero su interior le decía que lo más probable era que no. Y si aquella intuición era cierta, ¿adónde habría podido ir? Una posibilidad brillaba frente a las demás, y aquello inquietó a Senlya. ¿Podía ser cierto? ¿Qué ocurriría si se encontraban en plena batalla? ¿De qué bando se volvería entonces Elybel?
¿Senlya?
La elfa se despejó, pestañeando un par de veces y enfocando la vista en Bowar. Su mente había ido demasiado lejos, dejándola en un estado somnoliento. Por el rabillo del ojo vio cómo el nifol emprendía el vuelo de nuevo, alejándose de ellos dos. Había estado tanto tiempo perdida en sus propios pensamientos que a Bowar le había dado tiempo de mandar otro mensaje y colocárselo en la cajita del pájaro.
Sí, partamos ya –improvisó Senlya.
Aunque se dio la vuelta para que su compañero no le leyera el rostro, a Bowar le dio tiempo para adivinar qué podría estar pasándole por la cabeza momentos atrás. Era tan previsible.
Suspiró. En cierto modo sentía pena por ella.


La taberna era pequeña, pero poco se podía esperar de aquella minúscula aldea. Tampoco había mucha gente. Cuatro hombretones sentados en una mesa, y dos más en la barra. A parte de las tres personas que se habían situado en un rincón, ya que desentonaban con aquel ambiente frío y oscuro. Aunque la elfa se pusiese la capucha, su cabello pelirrojo y brillante se le veía de una hora lejos, al igual que la capa color cielo de su compañera humana. El único que podía pasar mínimamente desapercibido allí era el chico. Aun así, era demasiado joven como para estar en un antro como ese. Además, el hecho de que fueran extranjeros también llamaba la atención. Aquella aldea, al estar en la frontera del bosque más espeso y oscuro de todo Anielle, no recibía muchas visitas. Algo parecido ocurría en Adralish. Pero en ese caso, el pueblo era más grande, ya que la mitad de la población que residía allí pertenecía a la Séptima Estrella, y se mudaban a Adralish para estar un tanto ocultos de los ojos de las autoridades.
A pesar de que ha simple vista parecía que esos tres chicos fueran solos, en realidad tenían un acompañante más. Oculto en la extraña bandolera de la joven de vestimentas azules, un pequeño animal de pelaje negro mordisqueaba las migas de pan que le iba dando Melissa. Comía con afán, pues tenía mucha hambre.
¿Por qué no te deshaces de él? Es una carga.
Melissa alzó la cabeza rápidamente al escuchar aquella voz. Un ligero temor asoló su corazón, recordando lo que Elybel le había dicho en el lago. Miró a Crad con sorpresa, y entonces cayó en que se refería al cachorro. Tampoco se hubiera podido dirigir a ella, dado que había hablado en masculino.
Porque no quiero –replicó–. Es como un bebé, no puedo dejarlo por ahí de cualquier manera.
Crad bufó, protestando por lo bajo.
Ella tiene razón –irrumpió Elybel, que había estado observando la escena en silencio–. Los beichog no son para dejárselo a cualquiera –sonrió.
La mirada inquisitiva de Melissa lo dijo todo. Seguía guardándole cierto rencor, y aquello que acababa de decir sonaba a un intento de arreglarlo. Pero, compadecida de Crad, y sabiendo que la enemistad entre las dos chicas podría molestarlo –y además en el fondo de su interior seguía sintiendo que lo que le había dicho Elybel era completamente cierto–, le sonrió. Aun así, no añadió nada.
Pudo notar el alivio de Crad al ver que no parecía haber tanto pique entre ellas dos.
Tras comerse su respectiva hogaza de pan y su «algo» con aspecto de carne, Melissa se sintió más llena que nunca. Hacía tanto que no masticaba algo así. Era lo más parecido a la Tierra había comido desde que estaba allí. Incluso los pájaros que había cazado Crad tenían un gusto extrañamente exótico y algo picante. Pero aquella «carne» era suave, y el pan, recién hecho. Por no hablar del agua. Al fin agua de aspecto saludable que llevarse a los labios.
Crad y Elybel se pusieron a discutir sobre quién debía pagar la comida. Melissa maldecía que no pudiera ser ella, ya que no tenía dinero de ese planeta. Al final invitó Elybel.
Salieron al exterior. Melissa respiró hondo. Cómo le gustaba poder ver el cielo después de tantas horas en ese espeso y oscuro bosque, donde al final todo parecía lo mismo, y si no fuera porque sus dos compañeros se conocían el terreno, sospechaba que seguramente se habría perdido.
Descubrió a unos niños mirando al cachorrito de beichog que llevaba en sus brazos. Se veía que querían jugar con él, que les llamaba la atención. Así que Melissa lo dejó en el suelo, y el pequeño enseguida corrió hacia ellos, moviendo su peluda cola. Las risas de los niños llegaron a sus oídos como una hermosa melodía. Después de lo que había visto y lo que le habían contado, se imaginaba una masacre y caras tristes en todos los rincones. Pero al parecer, al ser una aldea tan pequeña, no le afectaba tanto lo que ocurría por Herielle.
¿Dónde dormiremos esta noche? –preguntó Melissa, volviéndose hacia Crad. Esperaba poder oír que se hospedarían en algún hotel de los alrededores, o al menos en una posada. Ya tenía ganas de volver a dormir bajo un techo resistente y sobre una cama «en condiciones».
Cuando vio a Crad encogerse de hombros, Melissa sintió que la llama de esperanza se apagaba en su interior.
Pues no sé, lo que encontremos por aquí. O si no en cualquier sitio, tampoco es ningún problema... –dijo, tan tranquilo.
Melissa lanzó un suspiro, pero luego se arrepintió y forzó una sonrisa. Debía intentar mantener la calma y soportar aquello. Al fin y al cabo, tampoco era para tanto.
De repente, un escándalo los alertó, haciendo que los tres giraran la cabeza hacia su origen. Desde el final lejano de la calle se acercaban unos robustos hombres de gruesas armaduras, montados en sus caballos. Imponían seriedad, y sus armas brillaban con la luz del sol, cuya empezaba a ser rojiza debido a que se acercaba ya el crepúsculo.
Una mano tiró de la capa de Melissa hacia atrás, y otra le cubrió la boca para que guardara silencio. Al principio, la joven lanzó una exclamación ahogada, y en cuanto un brazo le rodeó la cintura y la llevó más hacia atrás, hacia el fondo del callejón, descubrió que se trataba de Crad. Solo podía ser él, pues conocía esa camisa.
Se quedó quieta como una estatua y completamente callada, un tanto asustada por lo que estaba pasando. Los tres jóvenes se colocaron tras unas grandes cajas de madera, y súbitamente, Crad se agachó, llevándose con él a Melissa, que todavía tenía bien sujeta. Elybel se colocó junto a ellos con su característica elegancia y elasticidad que poseía su raza. Los cascos de los numerosos caballos hicieron retumbar el suelo a medida que se acercaban.
Y entonces se detuvieron.
Melissa apretó los puños, esforzándose por no parecer nerviosa. Crad la seguía sujetando bien fuerte, por lo que ella no podía moverse. Aquello no facilitaba las cosas, es más, las empeoraba. Se encontraba algo extraña e incómoda. Sentía la respiración de Crad en su oreja, lo que provocaba que el bello de sus brazos se le erizara sin que ella pudiera evitarlo.
Se oyeron unos fuertes golpes. Eran los guerreros, que aporreaban la puerta de la taberna donde momentos antes habían comido. Tras unos quejidos que provenían del interior, se oyó cómo el portón se abría. El tabernero y los guerreros mantuvieron una conversación de la cual Melissa no comprendió nada. Además de que no entendía el brusco idioma de Gouverón, la respiración de Crad y sus propios latidos golpeándole el pecho, cubrían cualquier otro sonido.
Los gritos de los guerreros hicieron que diera un ligero brinco. Por suerte, Crad seguía sujetándola, y el salto no fue tan grande como para que la escucharan. Apretó los dientes e intentó tranquilizarse, pensando en otras cosas. El pequeño cachorro seguía jugando con los niños, y Melissa rezó por que no se le ocurriera venir hasta ellos. Si lo hacía, estaban perdidos.
Finalmente, los cascos de los caballos volvieron a resonar sobre el fangoso suelo de la aldea.
Los guerreros de Gouverón se marchaban, dejando a su espalda un intenso silencio. No se oían ni las risas de los niños.
A pesar de que era evidente que ya no había peligro alguno, Melissa seguía inmovilizada. Lentamente intentó volver la cabeza hacia Crad. Solo entonces se dio cuenta de que la mano del chico había subido ligeramente hacia arriba. No supo cuánto hacía que estaban así, sólo que tres de los dedos del chico estaban notablemente colocados sobre su pecho izquierdo.
Ciega de un inesperado enfado, abrió la boca y mordió la mano que la cubría. El joven apartó dicha mano, agitándola en el aire con cara de dolor.
¿Pero qué haces? –preguntó, esforzándose por mantener el tono de voz bajo.
Melissa lo miró fijamente, con el ceño fruncido y las mejillas enrojecidas. Crad bajó los ojos hasta toparse con «el problema». Enseguida retiró la mano, avergonzado.
¡Oh, vaya! –exclamó, cogiendo color y apartándose de ella. Con lo poco que conocía a Melissa, podía sospechar que le esperaba un guantazo–. ¡Lo siento, no me había dado cuenta! Yo...
Elybel reía a pleno pulmón, mientras Melissa fulminaba al pobre chico con la mirada a la vez que apretaba el morro, enfurecida. Comenzó a golpearle los brazos con los puños, maldiciéndolo sin cesar y llamándole de todo lo que se le pasaba por la cabeza. El chico tampoco podía parar de reír.
Al final tuvo que ser Elybel quien los separó. Cogió a Melissa del brazo y tiró de él para apartarla de Crad.
¡Ha sido un accidente! –repitió Crad. Se veía que sufría por no volver a reír.
Maldito seas, tú y tu mano. No te me acerques más –replicaba Melissa, apretando el puño.
En cuanto los tres se levantaron y se dirigieron fuera del callejón sin salida, el animal los recibió corriendo hacia ellos. Melissa se agachó para acariciarlo, pero él notó su enfado, y tembló un poco. Crad se los quedó mirando con las manos sobre la cabeza. Todavía tenía una sonrisa dibujada en el rostro.
Crad –llamó Elybel de repente.
Ambos la miraron, interrogantes. Elybel estaba de pie frente a lo que parecía ser un papel pegado en la puerta de la taberna.
¿Qué ocurre? –preguntó Crad. Le hubiera recriminado el que lo hubiera llamado con la abreviatura que se había inventado Melissa, pero veía que su amiga estaba bastante preocupada.
Mirad esto.
Los dos jóvenes se acercaron a ella. Sus ojos se abrieron como platos al descubrir qué era el papel.
Sobre este estaba dibujado el rostro de Crad, y bajo el dibujo, unas palabras en el idioma de Gouverón.
Melissa adivinó qué era aquello: un cartel de SE BUSCA. Sin poder contenerse, volvió la cabeza hacia Crad, para ver qué hacía. Él no movía los ojos del cartel. Parecía estar congelado en el sitio, e infundía cierto miedo.
La cosa comenzaba a complicarse.


Después de una hora aproximada invadida por un absoluto silencio solo interrumpido por el golpear de los cascos de sus caballos contra el suelo, Senlya habló:
¿Tu hermano no estaba haciendo su entrenamiento por este bosque?
Se vio que era una pregunta forzada, un intento de iniciar una conversación. Bowar se sorprendió al ver aquel cambio de actitud en el semblante de la elfa.
Sí... –respondió no obstante–. Dentro de poco finalizará su entrenamiento de clase B.
Me recuerda en cierto modo a ti –sonrió Senlya–. Tú siempre fuiste valiente y fuerte, y tu hermano va por el mismo camino.
Bowar sonrió ante los recuerdos que se le venían encima.
Tanto Senlya como Bowar se conocían de bien pequeños. Bowar tendría unos nueve años, y Senlya seis. Por aquel entonces, Bowar estaba entrenando la clase E en el mismo bosque que actualmente estaba su hermano. Ya en su edad, él era un aventurero que soñaba con liderar batallas y salir victorioso de ellas, para que luego todo el reino celebrara un banquete en su honor.
Y en una de sus exploraciones inocentes, tropezó accidentalmente y se estrelló contra una cortina de hojas.
Tras esa cortina, en efecto, estaba Falesia.
Probablemente fue el primer ser humano que descubrió aquel lugar. Todos habían oído hablar de Falesia, pero al no encontrarlo nadie, se había convertido en una leyenda.
Y fue allí, en aquel estado de incredulidad y sorpresa, cuando se le apareció una pequeña elfa de cabellos pelirrojos y grandes ojos marrones con destellos dorados. Le sorprendieron sus puntiagudas orejas, y la primera reacción que tuvo fue gritar a los cuatro vientos: «¡Una elfa! ¡Una elfa!». Senlya le había tenido que tapar la boca. No supo por qué lo había hecho. En cierto modo, aquel humano le despertaba curiosidad. Siempre le habían contado que los seres humanos eran una raza sanguinaria y peligrosa, de bastas facciones y cuerpos torpes. Nunca se había imaginado a un niño como ella, pequeño y delicado, con voz infantil y poco trabajada.
Para Senlya, Bowar fue su único verdadero amigo. Pero aquella relación de amistad nunca llegó a saberse por nadie más, ya que Senlya estaba segura de que, si alguien se hubiera enterado, las consecuencias podían ser desastrosas.
Pero Elybel también tuvo una amistad humana. Y la suya fue aceptada sin problemas.
Aun así, Senlya nunca se atrevió a descubrir a su amigo. Enseguida se vio envuelta en el mundo de Gouverón y las guerras, y siguió a Bowar hasta entonces. No supo decir si aquello era bueno o no. Lo único que podía demostrar era que había tenido que irse de Falesia igualmente.
¿Se sentía feliz? Tenía a Bowar a su lado. Y además poseía un buen puesto en la escala de poder gracias a Gouverón. Era una de sus mejores vasallos junto a Bowar. Lo cierto era que ellos dos eran los más cercanos al gobernador.
Aun teniendo todo ello, no podía evitar echar en falta algo más...