Miembros de la Séptima Estrella

viernes, 12 de octubre de 2012

[L1] Capítulo 22 (parte 2): Recuperando recuerdos

Bueno, en primer lugar quiero explicar por qué es la segunda parte del capítulo 22. Fácil: no se me ocurría ningún título, ni a mí ni a Gaby (gracias a esta última por tu ayuda... he considerado seriamente lo de "Mejor dentro que fuera, rascando" xD).
Segundo: quiero dedicar este capítulo a Ana (no, yo misma no, otra Ana, Fireflies). Porque no sabía cómo terminar el capítulo y ella me dio una brillante idea. Ana, al final no es exactamente como dijiste, cambié el personaje :) Y también porque la adoro y siempre me cuenta sus paranoias/teorías *-*
Tercero: sé que he tardado y tal... pero es el instituto... y problemas y cosas u_u En fin, intentaré no tardar tanto en el siguiente (siempre digo lo mismo...).



¿Seguro que no quieres comer nada más? —insistió Guedy.
No, de verdad. Ya he abusado demasiado de vuestra hospitalidad —repetía Melissa en la puerta de salida, con su bandolera colgando del hombro y deseosa de marcharse.
Bichejo bebía feliz en un cuenco de leche colocado en el suelo, hasta que vio las intenciones de Melissa y corrió hacia ella. Pero la joven se lo pensó antes de dejarle salir y miró a Guedy, suplicante.
¿Puede quedarse aquí? Es que con tanta gente, me da miedo que se pierda o... le pase algo.
Oh, tranquila, no hay ningún problema —accedió la mujer—. Aquí estará bien. Porque tienes razón. Al ser un beichog, mucha gente intentaría apropiarse de él de malas maneras.
Lo sé.
Y cuánto lo sabía. Cuando iba por la calle con Bichejo en brazos, muchos se le habían quedado mirando, y Melissa odiaba ver el destello de ambición y codicia que reflejaban sus ojos. No quería arriesgarse. Así que, tras despedirse del pequeño animal y darle las gracias a Guedy por millonésima vez, salió a la calle sola. Al poner los pies en ella se dio cuenta de que no sabía adónde iba a ir. No conocía Rihem, pues llegó deprisa y corriendo, y siempre la habían guiado. Entonces comprendió lo absurda que era su idea. Pasear por una ciudad desconocida, completamente sola y sin saber el idioma que allí obligaban a hablar. Era un buen plan para un temerario, pero no para ella. Aunque después de pensarlo unos segundos, sonrió y se encaminó calle arriba. Escuchaba cómo parloteaban aquel grotesco idioma. Lo asemejó a la manera de hablar de Cinzia, su cuidadora del orfanato.
Cinzia... apenas hacía unos días que no la veía, pero parecía que hubieran pasado varios meses. No la echaba de menos en absoluto, es mas, era una de las cosas que la llevaban hacia delante en aquel mundo. No quería volver a su orfanato ni aunque pudiera. Aunque Italia...
Desechó enseguida esos pensamientos de su cabeza. Prefería no cavilar mucho en ello, porque sabía que acabaría angustiada por no poder volver a su mundo natal. No quería deprimirse otra vez. Casi siempre era así: intentaba ocultar todos los problemas e inquietudes que le rondaban, aparentando ser indiferente con todo, hasta que explotaba en una procesión de insultos y gruñidos. Era algo que no podía remediar aunque quisiera. Estaba tan sujeto a su interior, que no podía arrancarlo a no ser que la pusieran en una dura terapia.
Tan absorta en sus cavilaciones como estaba, se chocó contra alguien que llevaba un elegante traje negro con camisa blanca. Se sorprendió del aroma a hierbabuena que desprendía el chico, y alzó la cabeza para mirarlo. Sus ojos eran de un verde tan profundo que parecía que se podía nadar en ellos, y su cabello rubio platino brillaba a la luz del sol. Melissa quiso disculparse, pero antes de hablar, recordó que no sabía el idioma, y adivinó que si hablaba en la lengua de los rebeldes podría meterse en problemas. Así que lo rodeó y se marchó casi corriendo, dejando atrás a un perplejo chico que la miraba interrogante.
No cruzó ni una calle cuando un grito seguido por un silbido la alarmó. Giró la cabeza y se encontró con un par de borrachos sentados en la mesa de la terraza de una taberna. Observaban sus ajustadas mallas mientras se relamían los labios, algo que a Melissa la asqueó. Gruñendo, les dio la espalda y se alejó. Creía que habían pasado de ella, hasta que alguien le agarró el trasero. Instintivamente, lanzó el pie hacia atrás, propinándole una patada en el estómago al agresor. Ya tirado en el suelo, Melissa pudo ver que era uno de esos borrachos. La gente comenzó a rodearlos, y ella se sintió de repente el centro de todas las miradas. El hombre del suelo la señaló y gritó algo, y enseguida, dos hombres grandes más corrieron hacia ella. Aquella vez no le hizo falta entender el idioma para comprender que querían apresarla. Se volvió rápidamente, se abrió paso a codazos y corrió por un callejón cualquiera que resultó ser horriblemente zigzagueante. Los dos hombres la seguían gritando, pero las mallas de la joven le permitían una movilidad que había echado de menos desde que se puso esa falda azul, a conjunto con la capa guardada dentro su bandolera. Melissa era veloz, pero torpe. Aun así, aquella vez la torpeza no le falló mucho, solo tropezó varias veces y sin caerse. Como ella siempre decía: «Si tropiezas y no caes, avanzas».
De repente vio la salida. Aquel horrible callejón terminaba en la arboleda que rodeaba Rihem. Maldijo en voz baja, pero no se detuvo. Detrás tenía a dos hombres persiguiéndola, así que debía meterse allí.
Sus botas pisaron la hierba y comenzaron a saltar raíces. Melissa se encontró mucho más cómoda en aquel terreno, gracias al calzado. Se sintió aliviada, ya que tropezaba menos y avanzaba más. Pero poco le duró la alegría, pues cuando volvió la cabeza para ver por dónde andaban sus perseguidores, la suela de su bota dejó de pisar el suelo y se encontró con un pequeño bancal de un poco más de un metro. Obviamente, Melissa cayó, y de espaldas, sujetando la bandolera para proteger su interior —la cámara de fotos más que nada—. Rápidamente, y aunque tenía todo el cuerpo dolorido, se arrimó a un recoveco de la tierra para ocultarse. Los hombres pasaron por encima sin adivinar su presencia, y Melissa suspiró aliviada. Después de pasar aquello, se sintió satisfecha con lo que acababa de hacer. Y es que involuntariamente había realizado una llave de karate. Era cinturón verde, pero hacía dos años que no practicaba aquel deporte, ya que, inexplicablemente, lo habían retirado del orfanato. Obviamente había perdido cualidades, pues el karate era uno de esos deportes que si lo dejas, luego cuesta volver a retomar.
Para entretenerse, Melissa sacó de su bandolera la funda de su cámara. La abrió y sacó el aparato. Intacto. Se sorprendió ante la dureza y efectividad de la funda y volvió a guardarlo todo dentro. Sin querer le cayó algo en el suelo, y al recogerlo se dio cuenta de que se trataba de un coletero. Con una sonrisa de satisfacción, se hizo una coleta alta, despejándose la vista por completo. Llevaba el pelo demasiado largo, a pesar de que se lo había cortado al llegar a Anielle. Aún recordaba aquel día, en el que se había sentido terriblemente confusa. Se había ido acostumbrando desde entonces, pero todavía no estaba del todo a gusto.
Esperó unos segundos más y luego asomó la cabeza. No encontró a nadie, así que se levantó del todo. Tras lanzar unos cuantos gemidos de dolor y contar los rasguños que se había hecho en la caída, echó a andar por la arboleda. Quería pasearse por ahí un rato para relajarse y alejarse de todo un poco. Observó de nuevo los árboles de extrañas hojas, todas ellas distintas y bellas a su manera. Cada vez le maravillaba más aquel lugar. Siempre quedaba algo por descubrir.
¡Disatju digplez!
Se paró en seco, sorprendida. A pesar del basto acento del idioma, la voz de aquel chico era fácil de identificar. Melissa se acercó un tanto hacia su origen y se escondió tras unos arbustos. En efecto, quien hablaba era Crad. Frente a él había dos guerreros de Gouverón que parecían furiosos y señalaban al joven con la punta de sus espadas. A Melissa se le encogió el estómago.
Gutsacsu moien —habló uno de los guerreros—. Sitchan moigenzo pot sacu Gouverón.
¡Justi gui mon, queta mo liporte pole! —respondió Crad.
Melissa no entendía nada de lo que decían, tan solo le había parecido oír el nombre de Gouverón. Recordó que Crad le había insistido que no fuera con él, y consideró la idea de irse de allí. Pero no pudo hacerlo viendo el peligro que él corría. Comenzó a idear planes en su cabeza, pero no encontró ninguno adecuado. Si la veía, se enfadaría. Pero, ¿y si la cosa se ponía peliaguda? A lo mejor sería mejor intervenir y ayudar aunque fuera solo un poco...
Munstar noditu setge o rebgen, gutsaque anren.
El corazón de la joven se congeló al instante. Aquella voz había venido de alguien que se encontraba a su espalda. Rápidamente volvió la cabeza, y allí se encontró con otro guerrero de Gouverón. Sin que le diera tiempo a reaccionar, este la elevó en el aire para saltar los arbustos y colocarse frente a Crad y sus dos compañeros.
¡Suéltame, asqueroso! ¡Bájame, déjame! —gritaba Melissa, forcejeando e intentando dar una patada a su agresor. En su interior sabía que no la entendía, pero estaba tan nerviosa que no se paró a pensarlo detenidamente.
¿Melissa? —se asombró Crad.
¡Crad! —exclamó Melissa—. Juro que no te he perseguido, yo no pretendía ir a por ti, pero entonces...
Un misterioso clac calló a la joven. Ella conocía ese sonido; lo había oído en muchas películas. Y cuando algo frío le tocó la sien, sus sospechas aumentaron.
Crad preguntó algo, y el guerrero le respondió. Melissa no los entendió, pero por las confusas miradas que Crad lanzaba hacia el arma, pudo suponer que preguntaba sobre qué era aquello. Y al parecer, fue algo tan novedoso e irreal para él que el guerrero tuvo que demostrarle su función. Alargó el brazo, apretó el gatillo y la bala se impactó contra el árbol más cercano al joven. Este se sobresaltó y observó curioso el agujero que la bala había dejado en el tronco. Melissa pudo ver el arma por primera vez. Como ella había supuesto, era una pistola, de esas que siempre salían en las películas del oeste.
Nuevamente, la fría boca del arma volvía a estar pegada a su cabeza, y la mirada de Crad estaba fija en Melissa. A esta le sorprendió la expresión de su rostro. Había en ella tanta tristeza, tanto resentimiento... tanto dolor. «¿Por qué? —pensó Melissa para sí misma—. ¿Por qué me miras así, Crad?».
Lo siento —susurró, dudosa.
Crad desvió los ojos al suelo y con un brusco movimiento tiró su espada al suelo y alzó las manos, pronunciando unas palabras. Los tres guerreros allí presentes rieron, y Melissa lo comprendió al fin, recordando las hojas de «Se busca» que estaban repartidas por todo Rihem.
¡No, Crad! ¡No lo hagas! —gritó, pero al ver que él la ignoraba, se puso más nerviosa—. ¡Estúpido, no pases de mí! ¡No te entregues, maldita sea!
El guerrero que la agarraba le presionó más la cabeza con la pistola al ver que Melissa gritaba y forcejeaba cada vez con más intensidad.
¡HAZME CASO, IMBÉCIL! ¡MÍRAME!
Por primera vez, sus súplicas parecieron dar resultado. Crad la miró fijamente, y Melissa pudo ver entonces cómo sus ojos brillaban ligeramente.
Cállate. Voy a hacer lo que quiera, así que tú no te metas —le dijo, sin emoción alguna en su voz.
La joven se quedó observándole unos segundos. Este desvió la cabeza y comenzó a hablar con uno de los guerreros, ignorando de nuevo a Melissa. El hombre que la sujetaba aflojó la fuerza, pero no apartó el arma de su cabeza. La chica no podía reaccionar. Estaba quieta en el sitio, sin poder apartar los ojos de Crad.
No te muevas, Melissa.
Melissa se sobresaltó. ¿Quién le había hablado? No reconocía su voz. Observó a los presentes uno a uno, pero ninguno más parecía haberlo oído.
Eh, te he dicho que no te muevas. Hazme caso. Quedate muy quieta y cuando te diga, actúa.
Aquella vez se sorprendió aún más. La voz sonaba dentro de su cabeza, estaba segura.
«¿Quién eres?» preguntó pensando, esperando que el chico telepático le respondiera.
No hay tiempo de presentaciones formales. Quédate quieta de una santísima vez, jo. Confía en mí.
«Está bien...» accedió ella.
Apenas pasó un mísero instante, cuando algo brillante emergió de entre los árboles y fue directo a la mano del guerrero que sostenía el arma. Dicha arma cayó al suelo seguida de un grito de dolor, y varias gotitas de un líquido oscuro salpicaron el rostro de Melissa.
Ahora, le indicó la voz misteriosa.
Melissa obedeció sin vacilar. Veloz como el viento, realizó otra muy torpe e inexperta llave de karate y el guerrero se tiró al suelo, encogido de dolor. Sin querer se golpeó la cabeza contra una raíz y perdió el sentido, cosa que Melissa agradeció. Un par gritos más hicieron que la joven se girara rápidamente, asustada. Pero al ver que los dos guerreros de Gouverón yacían en el suelo rodeados de sangre, se tranquilizó un tanto. Descubrió que Crad había recuperado su espada del suelo, la cual estaba manchada.
Los había matado él.
A pesar de que el primer día que se conocieron, Melissa ya había visto cómo mataba a un hombre, aquella vez le impresionó más. Quizá por la rapidez o quizá por lo raro que estaba el chico, ya que tenía la cabeza gacha y sus rizos le ocultaban el rostro casi por completo.
¿Crad?
Te dije que te quedaras en casa —soltó él sin moverse si quiera.
Melissa no supo qué decir. Quería explicárselo todo, pero la tensión del ambiente se lo impedía. Situaciones tensas. Qué poco le gustaban. Cada vez que tenía alguna salía corriendo. Pero supo que aquella vez no podía huir. Por primera vez en su vida, tenía que enfrentarse a la realidad. Así que avanzó unos pasos hacia el joven y se detuvo muy cerca de él, pero sin mirarle a la cara.
Lo siento mucho —repitió—. De verás que lo siento. Yo no te quería desobedecer, solo fui a dar un paseo, y de repente un asqueroso tío me tocó el culo y yo le di una patada. Me empezaron a perseguir y me escondí... —Se trababa ella sola—. Y entonces fue cuando te encontré, y no sabía que hacer porque veía que estabas en peligro y...
Sin previo aviso, Crad tiró su espada al suelo y se lanzó sobre Melissa, envolviéndola en un violento abrazo. La joven se quedó rígida, con los ojos abiertos como platos. La reacción del chico la había sorprendido tanto que no sabía qué hacer.
Maldita sea, maldita sea, maldita sea... —susurraba Crad en su oído—. Creía que volvía a...
Se quedó callado. Melissa tuvo la tentación de pedirle que siguiera hablando, pero no lo vio adecuado. Se quedó donde estaba, con los brazos caídos a los costados e intentando respirar lo menos posible. Crad la apretaba muy fuerte contra él, y Melissa se sentía cada vez más confusa.
Oh, vaya. Qué bonito.
Melissa lanzó un respingo. Era la voz de su cabeza. Le seguía hablando, seguía estando dentro de ella.
«¿Quién eres?» preguntó de nuevo.
Uy, qué casualidad. Debo irme. ¡Hasta otra! ¡Suerte!
Y tan pronto como vino, se fue. Melissa lo sintió. Inexplicablemente, notó cómo una pesada sensación salía de su interior, dejándola increíblemente vacía, como si le hubieran sacado varios órganos.
Crad percibió que la chica se había convulsionado ligeramente por unos segundos. Abrió los ojos, dándose cuenta de lo que estaba haciendo, y se alejó bruscamente de ella.
Crad... —susurró esta, asombrada ante los cambios de humor de su compañero.
Lo siento —dijo él solamente. Recogió la espada del suelo y le dio la espalda—. Será mejor que volvamos con Anthony y Guedy. Los de la Séptima Estrella ya están a salvo y tienen la dirección del refugio secreto. Mi trabajo aquí ha terminado.
Melissa asintió, aunque sabía que él no lo podría saber nunca porque no la estaba mirando. Era incapaz de pronunciar palabra alguna. La reciente escena seguía todavía muy presente en su mente. Y además, sabía qué quería decir Crad con aquella última frase.
Aquel era su primer y último viaje juntos. En cuanto llegaran a casa de Yaiwey y Cede... se separarían.

* * *

La brisa agitaba las hojas de los árboles, creando una agradable sinfonía. La sinfonía de la naturaleza. Los olores florales se intensificaban a cada ráfaga de viento, y el cielo comenzaba a teñirse de aquel rojo tan intenso característico del crepúsculo. Era un festín para los sentidos. Pero ella estaba sola otra vez.

El barullo era grande. Todos se reunían a mi alrededor. Yo estaba mojada de pies a cabeza. Los mechones de mi pelo estaban acartonados a causa del barro que me habían tirado por encima.
¡Bruja! ¡¿Pero qué has hecho?! —gritaba una de las madres, dirigiéndose a mí, obviamente.
Yo agachaba la cabeza, con la vista clavada en el suelo. No quería mirarla a los ojos, ni tampoco quería hablar. Así que me quedé callada y quieta en el sitio, como si todo aquello no tuviera nada que ver conmigo.
¡Te he hecho una pregunta! —seguía insistiendo, cada vez más nerviosa.
No osaba tocarme, y en parte lo agradecía. Si hubiera sido cualquier otro niño, me hubiera cogido de los hombros y me hubiera zarandeado hasta obtener una respuesta. Pero yo no era como los otros niños. Yo era diferente. Yo era rara.
Mientras la gente seguía gritando y mirándome con temor, eché un pequeño vistazo a los chiquillos que acababa de atacar. No paraban de llorar mientras la gente intentaban sacarlos de debajo del carromato volcado.
¡Me duele, me duele! —chillaban algunos.
¡Voy a morir! —lloriqueaban los más exagerados.
Morir... Qué palabra tan grande para algunos. Para mí era una condena demasiado menor de lo que merecía por ser como era. Por ser quien era.
De repente, una mujer de elegante y voluminoso vestido salió de dentro del carruaje, ayudada por su chófer y un sirviente. Se le veía que era de familia rica. Cómo odiaba a esa gente con dinero y enormes cantidades de caprichos. ¿Es que no veían que mientras ellos disfrutaban de cosas inservibles, otros estaban tirados en las calles muriéndose de hambre? No, claro que no. El brillo del oro les cegaba.
¡Niña! ¡Habla de una maldita vez!
No pude soportarlo más. Le lancé una mirada amenazante sin darme cuenta, y el rostro de la madre se volvió pálido como el papel. Miedo es lo que reflejaban sus ojos. Miedo es lo que reflejaban los ojos de todos los que posaban su curiosidad en mí.
¡Dejadme en paz! —exploté yo.
Di media vuelta y corrí calle abajo. No hizo falta apartar a nadie con los brazos, pues la gente me abrió el paso sin que tuviera que decirles nada. Otra vez el miedo. Todo el mundo me tenía miedo. Solo una persona era capaz de tratarme con cariño y normalidad. La única persona con la que me sentía verdaderamente a gusto. A él es a quien iba a buscar.
Llegué a la calle donde se encontraba mi hogar. Recordé aquel día en el que él me salvó de una muerte casi segura, cuando me perseguían aquellos dos guardias. El buen hombre me acogió en su casa y los mató por mí, para protegerme. Desde aquel día, no había dejado de hacerlo. Siempre cuidaba de mí, y yo no sabía qué darle a cambio. No tenía nada salvo mi don, que para mí era horrible, pero para mi tío —así lo llamaba, pues no sabía su nombre— era algo con lo que tenía que tener paciencia, pues era inmensamente valioso. ¿Hacer daño a los demás cuando te enfureces o te enrabias es algo valioso? Porque para mí no lo era en absoluto.
Me adentré en mi casa y cerré la puerta tras de mí con un sonoro portazo. Apoyé la espalda en ella y respiré hondo. Me sentí segura allí dentro, en un lugar donde realmente me querían, donde me aceptaban tal y como era.
Syna —murmuró él.
Sabía que estaba allí. Nunca salía de casa, aunque lo veía normal. Era como yo: solitario. Y además estaba ciego, aunque realmente no lo parecía, ya que se manejaba en el entorno como si viera perfectamente. Alcé la cabeza y lo miré con tristeza.
Los niños... —logré decir solamente.
Él enseguida se lanzó sobre mí y me tocó el pelo.
¿Barro? —preguntó—. ¿Esos malcriados te han vuelto a tirar barro?
Sí —respondí, tragándome las lágrimas que amenazaban con salir—. Pero esta vez me he defendido, tío.
Mi tío dejó de acariciarme el pelo y se quedó muy quieto. Sus ojos no estaban posados en los míos, si no que se encontraban fijos en mi hombro, algo normal, ya que por mucho que los posara en mi rostro, no la podría ver nada de ninguna manera.
¿Qué has hecho, Syna?
Algo horrible, tío. Pasaba un carro por ahí... y ellos me tiraron el barro. Yo estaba tan harta que me enfadé mucho. Y entonces el carro salió volando por los aires y cayó encima de los niños.
Se hizo un pesado silencio, durante el cual se me hizo más difícil evitar que se me cayeran las lágrimas.
Soy un monstruo. No merezco vivir, tío. No lo merezco... —me lamenté, con la voz cada vez más débil.
Nunca se lo había dicho cara a cara, pero era lo que creía desde siempre. Mi vida no valía nada si hacía daño a las demás.
De repente, él se puso de pie. Yo lo miré interrogante. Por nada del mundo me esperaba lo que vino después.
Su mano se abalanzó sobre mi mejilla izquierda, provocando un sonido que resonó por toda la habitación. Él me había pegado. La única persona que creía que me quería. Lo único que tenía en el mundo. Coloqué una mano sobre la zona dolorida y, dubitativa, alcé la cabeza para mirarle. Estaba tan sorprendida como asustada.
NUNCA digas eso —habló él, con la voz más dura que jamás había oído—. NUNCA. ¿Me oyes bien? Tú no eres un monstruo. Los monstruos son los demás.
Sus palabras se grabaron a fuego en mi mente. Ya no pude borrármelas jamás de mi memoria. Aquel momento fue tan fuerte para mí que no pude evitar tirarme sobre mi tío. Lo abracé y lloré desconsoladamente, como nunca lo había hecho ni lo haría en mi vida. Él me devolvió el abrazo y me dijo que todo iba bien, que él estaba conmigo. Y yo me sentí la persona más feliz del mundo.

Un golpe de viento azotó los largos cabellos lacios, negros como la noche. Los ojos de la mujer, fijos en el horizonte, reflejaban tristeza y melancolía. Desenterrar recuerdos no siempre era agradable.
Con un suspiro, encubrió la cabeza en sus rodillas. Había creído engañarse a sí misma. Había querido esconder su don y fingir ser una persona normal. Todo parecía ir bien; pero hay cosas que no pueden retenerse eternamente. Lo que está ahí, está, y en algún momento debe salir al exterior. 

lunes, 17 de septiembre de 2012

[L1] Capítulo 22: Recuperando recuerdos





El frío se le pegaba en la piel y le llegaba hasta los huesos, provocándole una congelación del cuerpo lenta y dolorosa. El ambiente era húmedo y desagradable. Todo era oscuridad, no se veía absolutamente nada, y se tenía que ir palpando las paredes para reconocer la sala. En efecto, era una celda construida bajo el castillo en el que habitaba Gouverón. Una celda oscura y fría, en la cual te sentías terriblemente solo.
Un grueso anillo de hierro pesado y oxidado rodeaba el tobillo derecho de la mujer. Las cadenas que colgaban apenas tenían dos metros, por lo que la dama se sentía muy inmovilizada. Pero ya llevaba años sin ser libre, sin poder correr por las calles de su antigua ciudad, recordando los momentos de su niñez, embriagándose de los sonidos y aromas que tan bien conocía. Desde aquel día que se la llevaron, separándola cruelmente de su pequeña niña, no había vuelto a palpar la libertad.
Su niña... Ella estaba muerta. Muerta a los cuatro años. Estaba tan segura de ello como nunca lo había estado de nada. Y su otra hija seguramente también lo estaba. Si la habían encontrado, claro estaba. Pero aún albergaba la esperanza de que hubiera sobrevivido, de que las sacerdotisas del Templo de Keyah la hubieran cuidado y refugiado de Gouverón y sus guerreros.
Un dolor atroz le golpeó el pecho, y los ojos le empezaron a escocer. De nuevo, la angustia se apoderó de ella. El no saber con certeza qué había ocurrido con sus hijas le provocaba un dolor interno imposible de sanar.
Y gritó. Y lloró. Y maldijo a Gouverón y todos sus secuaces. Y maldijo su vida. Quería morir, pero algo le impedía quitarse la vida. Sentía que aún quedaba algo en ese mundo que echaba sus brazos hacia ella y la aferraba con fuerza, impidiendo que se fuera. Maldijo aquel algo.
Entre sollozos y lamentos, la mujer escuchó un susurro. Intentó tranquilizarse y guardar silencio, aunque su respiración seguía agitada a causa del ataque de nervios.
Cójalo —dijo alguien.
La dama tragó saliva.
¿El qué? —preguntó con voz débil. Buscó en la oscuridad, pero no había nada. Estaba segura de que se encontraba sola en la celda.
En el suelo. Busque.
Tras una vacilación, la mujer obedeció a la voz. Comenzó a palpar el suelo hasta que llegó a la pared y rozó algo suave. Al principio se asustó, pero luego siguió acariciando el objeto y lo cogió. Lo reconoció enseguida.
Úselo, lo necesita más que yo —le dijo la misteriosa persona.
Era un pañuelo de seda fina. A la mujer le sorprendió encontrar aquello en un lugar como ese. Desconfiada, volvió a palpar el lugar donde había encontrado el trozo de tela y descubrió que había un agujero en la pared, a ras del suelo, que comunicaba con la celda contigua.
Gracias.
Se secó las lágrimas con cuidado, usando el menor espacio de tela posible, ya que consideraba que aquel pañuelo era demasiado caro para echarlo a perder con sus lágrimas. Una vez terminado, volvió a dejarlo en el agujero.
¿Quién eres? —preguntó en voz alta, para que la oyese bien.
Al otro lado de la pared pareció oírse una débil risa.
Si lo supiera, se lo diría. Pero ni yo misma sé quién soy. Ni siquiera tengo nombre; no soy nada.
La mujer se quedó atónita con la respuesta. Por el tono de su voz parecía una chica joven, pero tenía un acento muy marcado, similar al de los guardias de las celdas.
¿Cómo es posible que no sepas quién eres?
Porque llevo aquí encerrada desde que tengo memoria. No recuerdo cómo me llamaban, aunque sí que recuerdo vagamente a mis padres y mis hermanos.
¿Y cómo puedes seguir con vida? —preguntó, cada vez más sorprendida.
La joven tardó en responder un buen rato. Quizá se lo pensaba o quizá le costaba admitirlo en voz alta, pero al final se lo dijo.
Hay algo fuera, en este mundo, que me dice que me quede, que no me rinda, que luche. Siento que algún día esa persona vendrá a ayudarme a salir de aquí, aunque ahora todavía no sepa quién es.
La mujer se quedó callada, sin saber qué decir ante aquello. Al parecer, los pensamientos de la gente encerrada allí abajo eran similares. Quizá era el ambiente del lugar lo que hacía que todos creyeran en lo mismo. O quizá resultaba ser el corazón de cada persona el que se llenaba de esperanzas desesperadas.


Los rayos de sol se filtraron por entre sus párpados, provocando así que se despertase de aquel largo y reconfortante sueño. Su rostro se contrajo en una mueca de molestia, dado que el sol le hería los ojos. Miró a su alrededor, intentado recordar dónde se encontraba aquella vez. Al fin cayó en la cuenta de que dormía en casa de Anthony y Guedy, aquel extraño pero amable matrimonio. En la cama de al lado, Melissa todavía dormía, abrazada al pequeño cachorro de beichog sin nombre. En aquel momento parecía una chica tranquila y pacífica, pero Crad sabía que no era así en absoluto.
Se giró hacia el otro lado para mirar por la ventana, y entonces lo vio. Al lado de su rostro, sobre la almohada, yacía un mechón de cabello rojo; un tono de color que Crad reconoció enseguida.
Se incorporó de un salto y lo cogió con delicadeza, como si se tratase de una figura de porcelana y el chico temiera que se le rompiese. Lo observó detenidamente, y en su cabeza comenzaron a formarse miles de respuestas disparatadas al por qué estaba aquello allí.
Elybel se había ido, eso ya lo sabía. Pero si le había dejado un mechón de pelo en la almohada era porque sabía que tardarían en volver a verse. Y aquello lo inquietaba. ¿Adónde habría ido? ¿Qué estaría haciendo? ¿Por qué él no sabía nada? Todo se le hacía muy extraño, y un pensamiento le asoló la mente. Si un mechón de su cabello estaba allí, significaba que Elybel los había visitado por la noche, y él no se había enterado. Maldijo su gran defecto dormilón. Pero después de varios minutos cavilando en silencio, se guardó el regalo de la elfa en un saquito y lo pendió de su cinturón, que colgaba del cabezal de su cama. Rápidamente se levantó y se alisó las ropas con muy poco interés estético. Ni él ni Melissa habían querido aceptar ningún pijama que el matrimonio les había ofrecido por simple cortesía, por ello los dos habían dormido con los trajes normales. Aquello resultó ser una ventaja, porque entonces Crad ya estaba listo para partir. Pero cuando iba a abrir de la puerta de la habitación y a desaparecer tras ella, una voz lo retuvo:
¿Adónde vas, Crad?
El chico suspiró.
No me llamo Crad —replicó sin volverse—. Y voy a cumplir con la misión que me ha hecho venir hasta aquí.
Voy contigo —decidió Melissa sin pensárselo, saliendo ya de la cama con el beichog medio dormido en brazos.
Crad reaccionó enseguida y se colocó frente a la puerta, impidiéndole el paso. Melissa había ido corriendo hacia él, pero no había llegado a tiempo y se encontraba fulminándolo con la mirada y pensando alguna forma de apartarlo de en medio mientras sostenía con fuerza al animalito que se había despejado del todo por culpa del brusco movimiento.
No —sentenció Crad, sin moverse un ápice—. Esta vez voy a ir solo, y tú te quedarás aquí cuidando del bichejo ese.
¡Pero...!
¡Nada de peros! —le interrumpió él—. ¡No puedes venir, es demasiado peligroso para ti!
Se hizo un pesado silencio en la habitación que hizo más incómodo el momento de lo que se había vuelto ya. Solo entonces Melissa se dio cuenta de que estaba casi desnuda, de que había salido de la cama sin acordarse de que había dormido solo con la camisa. Aunque esta le iba grande, apenas le cubría el trasero y poco más. Pero antes de que pudiera ponerse roja, sacudió la cabeza inconscientemente. ¿Desde cuando era así de tímida?
Pero aquí yo no sé qué hacer —confesó—. Son demasiado amables con nosotros y les he dicho gracias tantas veces que me suena hasta egoísta. No les podemos dar nada a cambio y... —Se interrumpió a sí misma al ver la expresión suplicante de Crad—. Es... Está bien, me quedaré —aceptó a regañadientes.
Crad sonrió satisfecho y Melissa lo volvió a fulminar con la mirada.
Adiós, Mel —dijo, remarcando la última palabra mientras le revolvía el pelo sonriente.
Dicho esto, abrió la puerta y comenzó a bajar las escaleras rápidamente, dejando a Melissa sola con el animal en sus brazos. No pasaron más de tres segundos antes de que la chica se asomara por la puerta.
¿Volverás? —preguntó con voz débil.
Después de hablar se arrepintió. ¿Por qué le había dicho aquello? ¿Es que aún estaba atontada porque se acababa de despertar? La pregunta le parecía tan absurda que quería cerrar la puerta y esconderse en la habitación para siempre. Pero en cambio, Crad se detuvo, se volvió hacia ella y con una sonrisa en los labios dijo:
Por supuesto. Alguien tiene que llevarte de vuelta con Yaiwey y Cede.
El mal humor volvió a apoderarse de Melissa.
Adiós, Crad —se despidió sonriendo sarcásticamente.
Antes de que el chico pudiera replicar nada, Melissa ya se había encerrado en la habitación de nuevo. Con la espalda apoyada en la puerta, la joven observó a su pequeño beichog. Luego miró hacia la cama donde había dormido Crad y se encaminó hacia ella. Se tiró sobre esta y apoyó su brazo sobre el alféizar de la ventana sin cristal, sujetando al cachorro a su lado para que pudiera ver él también cómo amanecía un nuevo día.
Las gentes de Rihem salían a la calle y comenzaban a abrir ventanas y puestos de trabajo, provocando que la ciudad se asemejase a una flor saliendo del capullo. Aunque Melissa ya llevaba varios días en aquel extraño y anticuado mundo, todavía le resultaba extraño observar las insólitas costumbres de sus habitantes. Era como estar en una película del medievo con un punto de las del oeste. Era... difícil de explicar.
Una persona salió de la casa donde se encontraba. Melissa lo reconoció por los rizos castaños que adornaban su cabellera. Decidido y valiente, se adentró en la procesión de gente que iba a hacer las compras matutinas, y se dirigió calle abajo. La joven lo siguió con la mirada desde su ventana. Vio que se encaminaba hacia los límites de Rihem, y que se adentraba en la pequeña arboleda que allí había. Cuando desapareció por entre la vegetación, la cabeza de Melissa comenzó a funcionar con rapidez, originando ideas descabelladas. Sonriente, se alejó de la ventana y dejó al animal sobre la cama. Este enseguida se puso panza arriba para que la joven le acariciara.
¿Qué me dices, bichejo? ¿Crees que debería ir a pasear un rato?
El animal se incorporó y saltó de la cama. Corrió hasta la ropa de Melissa, mordió una bota y la arrastró hacia ella, la cual se sorprendió.
Vale, cogí el mensaje —rió mientras posaba los pies en el suelo y se agachaba para acariciar al beichog—. Eres un animal listo, bichejo.
Este aulló en respuesta mientras movía la cola de un lado hacia otro, contento, lo que hizo que a Melissa le recordase a un perro.
Sí, creo que te llamaré Bichejo.
Alguien llamó a la puerta dos veces.
¿Melissa? —preguntó una voz al otro lado.
Sí —respondió levantándose y estirándose la camisa al reconocer que era Guedy.
¿Crad acaba de salir?
Melissa sonrió al hecho de que le llamase Crad. Mientras cenaban, ella lo había hecho, y obviamente, el chico se había enfadado. Pero a Guedy en cambio le había encantado la abreviatura, y desde entonces lo llamaba así, cosa que aún mosqueaba más a Crad.
Sí, tenía que arreglar unos asuntos de la... Séptima Estrella. —El nombre de la organización le sonó raro diciéndolo ella.
Ah, bien, bien, entonces nada —dijo Guedy—. Pero no ha desayunado...
No pasa nada, Crad es fuerte —sonrió Melissa—. Podrá sobrevivir una mañana sin comer.
Ah, perfecto entonces. ¿Tú quieres bajar ya a desayunar?
Sí, ahora voy.
Al no recibir respuesta alguna al otro lado de la puerta, Melissa dio por sentado que Guedy se había ido. Cogió sus mallas y se las puso deprisa. Desayunaría, y luego iría a dar el paseo.


Syna cavilaba sin descanso, apoyando la mano en un árbol. Hacía rato que estaba en esa posición. Tanto, que Gabrielle comenzaba a preocuparse por ella.
¿Pasa algo?
No los percibo de ninguna forma —murmuró Syna clavando las uñas en la madera del tronco.
¿Percibir? —preguntó Gabrielle, confusa, sentada en el suelo—. ¿A quiénes?
Esa vez la mujer no respondió. Parecía muy concentrada, pero a la vez demasiado ausente, por ello Gabrielle no podía evitar inquietarse. Jugueteaba con las ramitas del suelo, nerviosa, sin saber si debía hablar en aquel momento o no. Al final se decidió.
Syna —dijo, atrayendo su mirada—. Hay algo que quiero preguntarte desde que nos conocimos. —Hizo una pausa antes de hablar de nuevo—: ¿Por qué brillan tus ojos?
Se hizo un pesado silencio solo roto por el susurro de las hojas de los árboles. De repente, Syna giró la cara bruscamente para no mirar a Gabrielle.
No es de tu incumbencia.
La joven se sorprendió ante su respuesta, pues nunca había oído a una Syna tan borde. Sintió que había hecho mal en preguntar, pero algo en su interior la obligaba a insistir. Una fuerza superior a ella. Una fuerza superior a la curiosidad.
Es que es algo... raro. Nunca antes lo había visto, y me llama la atención.
Déjalo —interrumpió secamente, clavando más las uñas en el árbol.
Pero es que es tan... como... mágico.
No.
¡Sí! Es hipnótico. ¿Y naciste ya con los ojos así?
Aquello pareció encender una chispa dentro de Syna. Por segunda vez, Gabrielle la vio mostrando un sentimiento que no fuera frialdad. La mujer volvió la cara hacia ella. Su expresión podía identificarse más como rabia y ansiedad que como enfado. La joven se asustó y se echó un tanto hacia atrás. Se escuchó una serie de crujidos, y el frío helado típico de invierno invadió el ambiente.
Gabrielle miró hacia abajo. Allí estaba. Una lengua de hielo se extendía desde la posición de Syna hasta la de ella. Unos centímetros más y le habría atrapado el pie, el cual lo sentía terriblemente congelado. La joven alzó la cabeza y observó a Syna. Esta parecía sorprendida y... triste.
Gabrielle, yo... —intentó decir.
Una serie de imágenes aterradoras cruzaron la mente de la asustada Gabrielle. Vio una playa oscurecida a causa de la noche y la tormenta. Ella iba en brazos de una mujer que lloraba. Pero no solo estaban ellas dos. Había otra niña pequeña más cogida de la mano de la mujer, pero no conseguía verla desde allí. Casi pudo sentir cómo las gotas de lluvia le cubrían las ropas y cómo el olor a pescado muerto se adentraba en su nariz. Era todo tan real... como un recuerdo olvidado.
Luego se vio a sí misma algo más mayor, en una humilde casa, con una mujer de iguales ojos verdes y cabello castaño, tan semblante a ella. Estaba escribiendo algo en un cuaderno de tapas de cuero. Al ver que la niña la observaba, le sonrió. Gabrielle vio mucha calidez en aquella sonrisa y tuvo ganas de abrazarla. Pero un tremendo golpe la interrumpió. La puerta de la casa se abrió y aparecieron varios guerreros de Gouverón. Las imágenes se volvieron entonces muy borrosas. Ella lloraba y gritaba mamá sin descanso. Las armaduras se interpusieron entre ella y la mujer, obstaculizando su visión. Uno de los guerreros la tomó de la mano y le susurró un lo siento.
La escena volvió a cambiar, confundiendo más a la pobre Gabrielle. Esa vez corría por un camino, oyendo gritos a su espalda. Saladas lágrimas le recorrían las mejillas, pero ella intentaba enfocar la vista y dejar de llorar. Se metió por un lugar lleno de grandes rocas, y se ocultó entre ellas como pudo. De repente, chocó contra alguien. Gritó, pero ese alguien le cubrió la boca con una mano y cogiéndola en brazos se la llevó de allí. Gabrielle quiso recordar su cara, pero no lo logró. Una luz la cegó, y lo último que recordó fue un color: el dorado. El mismo dorado brillante que bañaba el iris de Syna siempre.
Al fin volvió a la realidad. Tardó unos segundos en encajar las piezas, pero aun así no lo consiguió. Vio de nuevo el pasillo de hielo, y a una Syna extendiendo una mano temblorosa hacia ella. Gabrielle descubrió entonces que lo había sabido desde un principio, pero algo le había impedido verlo más claramente. En aquel momento todo lo encontraba más obvio, y pudo acusarla sin temor a equivocarse:
Eres una bruja.
Syna no respondió. Solo bajó la mano y se quedó mirándola. Gabrielle comprendió que había acertado. El terror le invadió la sangre. Tenía miedo. Miedo de Syna. Se levantó temblando, dio media vuelta y corrió. Oyó cómo la bruja gritaba su nombre, pero ella la ignoró y siguió corriendo. Solamente quería huir lejos. Lejos del peligro. Lejos de ella.
La cabeza le dolía terriblemente, y algo en su interior le dijo que se debía a todo lo que había visto en aquel extraño momento. Todo lo que había olvidado, todo lo que había estado buscando, la había golpeado y ella había salido mal parada. Se mareaba, como si acabara de utilizar todas sus fuerzas para romper un duro y grueso muro que se había elevado en su mente hacía años. Se sintió desfallecer, y no se daba cuenta de que había entrado ya en Rihem. Seguía corriendo sin saber hacia dónde iba, y toda la gente de la calle la observaba. Pero a ella no le importaba, mas que nada porque no los veía. Todos los recuerdos que recuperaba seguían cegándola, cayendo sobre ella, provocándole más y más dolor.
Su padre, quien tuvo que abandonar a su madre y a ella para ir a servir a Gouverón como uno de sus guerreros.
Su madre, la que la cuidó durante todos esos años sola, y la que luego fue detenida por Gouverón por razones desconocidas, alejándola de Gabrielle para siempre a sus cuatro años.
Cómo la pequeña huyó a petición de su madre, y cómo se encontró con aquel extraño hombre —que había resultado ser un brujo—, quien le borró la memoria de lo vivido y la dejó tirada en un pueblo hasta que la encontraron y la usaron de criada.
¿Por qué lo recordaba todo justo entonces, cuando Syna había desatado su poder delante de ella? El hechizo se había roto, pero Gabrielle no comprendía la razón. ¿Por qué entonces y no antes?
Tan despistada como estaba, terminó en el suelo, tropezando con algo. Por un momento creyó que alguien le había puesto la zancadilla, pero no volvió la cabeza. Su cabeza le daba vueltas y parecía que iba a estallar. No sabía cómo pararlo, y era consciente de que parecía una loca.
Koren Ladavatt, guerrero del nivel B.
Aquello pareció reavivarla un tanto. Con las manos aún sobre la cabeza, alzó poco a poco la vista. Descubrió que había llegado a la plaza de Rihem, la cual estaba abarrotada de gente. En el centro había un pequeño escenario desmontable, y sobre este, media docena de sillas donde se sentaban hombretones de gruesas armaduras. Uno de ellos era tan parecido a Koren, que Gabrielle dudó de si se trataba de él. Pero luego observó cómo un muchacho de cabellera rubia subía al escenario, y en cuanto sus ojos se encontraron, supo que se trataba del mismo Koren que ella conocía. Un hombre que hacía tres de él se plantó frente al chico y comenzó a hablar:
Koren Ladavatt, el menor de los Ladavatt, a superado todas las pruebas del nivel B con satisfacción. Así como dictan las normas de los guerreros de Gouverón, se le concede el diploma B, el antepenúltimo título en la escala de poder de los guerreros. —Hizo una pausa, durante la cual ninguno de los presentes pronunció palabra alguna. Un hombre de larga túnica granate se acercó al centro con una especie de mini-cápsula plateada de grabados dorados, la cual colgaba de unas gruesas cadenas. El hombre la alzó sobre la cabeza de Koren, el cual se arrodilló y agachó la cabeza hacia él. Con delicadeza, la cápsula comenzó a zarandearse y un ligero polvo grisáceo cayó sobre Koren—. Como las leyes dictan, los votos deben ser pronunciados por el joven guerrero antes de dar por finalizada la ceremonia —volvió a hablar el hombre del principio.
Yo, Koren Ladavatt —comenzó—, el menor de los Ladavatt, acepto los deberes de un guerrero de Gouverón de nivel B. Estaré siempre dispuesto a servir a Gouverón, desde este mismo instante hasta el día que fallezca, tanto en guerra como de forma natural. El honor irá delante de todo lo demás, y no desobedeceré a las autoridades. Siempre fiel a Gouverón, lo seguiré hasta la muerte.
La voz de Koren sonó demasiado monótona. Carecía de emoción, y al parecer, aquello inquietó al hombre que tanto se parecía a él. Aún sentado en su silla, chasqueó la lengua y se removió un poco. Colocó su mano en su barbilla y dejó caer todo el peso de su cabeza sobre esta. Parecía molesto.
El hombre de la extraña cápsula plateada dejó de zarandearla y se retiró unos pasos hacia atrás. El otro varón sonrió y Koren se levantó, pero mantuvo la mirada baja.
Así pues, que los dioses bendigan a este joven guerrero. Y ahora, otorguemos también un honor a su virilidad. —Se volvió hacia el público mostrando sus blancos y perfectos dientes—. Belinya de Sianse, la mediana de los Sianse.
Una dulce muchacha comenzó a subir por las escaleras del escenario improvisado. Se recogía la falda de su vestido color malva con elegancia y seguridad. Unos rizos color miel caían risueños por su espalda, y su rostro aniñado y con ligeras pecas estaba completamente al descubierto, pues le habían recogido todo el cabello de delante con una brillante diadema. A pesar de sus rasgos infantiles, debía tener unos dieciséis años. Se plantó frente a Koren y le extendió una mano. Este la cogió con suma delicadeza, como si temiera romperla, y la besó.
Gabrielle lanzó un respingo al comprenderlo todo. Koren podía entrar ya en el ejército, y luchar contra los rebeldes. Y aquella tal Belinya debía ser su prometida. Su prometida... Claro, todos los chicos de esa misma edad y clase social tenían una bella dama con la que desposarse desde muy jóvenes.
De repente, Koren la miró. Algo en su pecho se agitó, y Gabrielle no supo con seguridad si se debía a los recuerdos que había ido recuperando de golpe o a los ojos del chico. Apartó la cabeza y quiso levantarse, pero notó que las piernas le fallaban. Súbitamente, una mano le aferró el brazo y la levantó del suelo con suavidad y simpatía.
Debería mirar por dónde va, señorita.
Gabrielle se volvió hacia la voz, sobresaltada. Se trataba de un hombre viejo, de grisáceos rizos por encima de los hombros, una capa del mismo color y un sombrero de paja. A la joven no le hizo falta pensar mucho para recordarle.
¡Usted es el que me dio la daga! —exclamó, sin poder evitarlo. Luego se arrepintió, pues una punzada de dolor atacó su sien.
El hombre siseó y colocó uno de sus huesudos dedos en sus labios. Sonrió y alzó un poco la cabeza. Era igual de alto que Gabrielle, pero siempre iba con la mirada puesta en el suelo, aunque estaba completamente ciego.
Siento que todavía la conservas —dijo el mendigo, para sorpresa de la joven—. Me alegro de que así sea. Cuidala bien, pues es algo muy importante.
Gabrielle repitió la primera palabra en su mente. Siento, siento, siento... Nada de veo, si no siento. Vale, estaba ciego, ¿pero cómo podía sentir la daga? No se atrevió a preguntárselo, ya que él se bajó la solapa de su sombrero de paja, dio media vuelta y se fue.
¡Un aplauso para el joven guerrero Koren Ladavatt!
La gente obedeció con energía, y el dolor en el pecho de Gabrielle aumentó. Frustrada, se apartó el mechón de pelo que le caía sobre los ojos y se alejó de la plaza, sabiendo que los ojos verdes de alguien estaban pegados a su nuca.



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Anotación de la autora:
¿Me lo parece a mí o los últimos diálogos están más pequeños? Nunca me había pasado, pero sé que a otros bloggeros sí ._. ¿Alguien sabe a qué se debe y cómo solucionarlo? (Antes de que me lo sugiráis: sí, he mirado que toda la letra esté en el mismo tamaño).